viernes, 30 de marzo de 2018

Los católicos líricos





La buena nueva de Jesús es la caridad, un amor que no es lírico, sino tan exigente que requiere una abnegación total, hasta la entrega de la propia vida.

Hay por ahí muy buena gente a la que le gusta mucho Jesús y aún más. No el Jesús histórico, ni el Cristo de la fe, que en realidad son una misma persona, divina y humana, sino alguien que solo existe en su mente, y que fue inventado a la medida de sus sueños y caprichos y, a veces también, de sus flaquezas. Alguno de los fans de ese mesías que no existe sino en su imaginación, todavía se consideran católicos, como si alguien lo pudiese ser al margen de la Iglesia, de su doctrina y comunión.

A estos católicos líricos no les gustan las obligaciones, ni las normas, ni las prohibiciones. Mucho menos los cánones, anatemas y condenaciones. Abominan de los dogmas, leyes penales y excomuniones. Para ellos, líricos, la fe cristiana es un vago sentimiento amoroso, que tanto da para justificar su egoísmo -¿el amor propio no es también amor?!- como todos los pecados cometidos por amor. Porque, al final, Dios es amor…

Los líricos gustan mucho de oír hablar a Jesús de las florecillas del campo, del paraíso del cielo y de la sencillez de los pajarillos. Entienden que el gran pecado de la Iglesia fue su institucionalización: cuando se organizó como sociedad, reglamentó su acción misionera, estableció la jerarquía, produjo códigos, creó tribunales e impuso condenaciones, la Iglesia se desfiguró. Perdió entonces la belleza sencilla y tan romántica de aquel rabí, algo heterodoxo, que recorría Galilea liberando, en nombre del amor, todos los que gemían bajo el pesado yugo de la ley farisaica.

Este Jesús mutilado, pura y simplemente no existe, y nunca existió, excepto en la melodías sentimentales de algunas sectas, en los posters de mal gusto en que el Nazareno, sonriendo, giña los ojos a los devotos, y en las prosas poéticas de aquellos cristianos sentimentales que, al tiempo que suplican, con grandes suspiros, el amor universal, odian con cuantas fuerzas tienen a la Iglesia y a cuantos no practican su fe color de rosa.

Es verdad que la buena nueva de Jesús es la caridad. Su amor no es lírico, siendo de una exigencia que requiere una abnegación total, incluso hasta la muerte si fuere necesario (Mt 16, 24-26). Cristo dijo que no había venido a abolir la ley, sino a cumplirla íntegramente, porque, “aquel que violare alguno de estos mandamientos, hasta el más pequeño, y enseñare así a los hombres, será considerado el más pequeño en el reino de los Cielos” (Mt 5, 17.19). No solo no revocó ningún precepto de la ley, sino que añadió más aún, tal vez el más difícil: el mandamiento nuevo. Excluyó la posibilidad del divorcio, que Moisés tolerara, y endureció extraordinariamente la ley penal a que están obligados los fieles: “si alguien escandalizare a alguno de estos pequeños que creen en mí, sería preferible que les colgaran del cuello una rueda de molino y lo arrojasen al mar” (Mt 18, 6).

Hay quien piensa que las reglas, dogmas, leyes y excomuniones católicas no tienen fundamento en el Nuevo Testamento. Pero se engañan, porque no solo Jesús dio ese poder al primer Papa y a sus sucesores (Mt 16, 19), sino que Él mismo sentenció, en cierto modo, la primera excomunión. De hecho, cuando Pedro le quiso impedir que muriera en la cruz, Cristo le dice: “¡Apártate, Satanás! Tú eres para mí un estorbo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino de los hombres” (Mt 16, 23).La excomunión, que en aquel caso no fue efectiva porque Pedro de inmediato se arrepintió, es esto: apartar5, o sea, excluir, a un fiel de la comunión eclesial.

Tampoco en la Iglesia primitiva se recurrió a esa práctica, aunque siempre como último recurso y solo después de agotados todos los otros medios pastorales. Es lo que San Pablo hizo a un cristiano de Corinto, que vivía escandalosamente “con la mujer de su propio padre” (1Cor 5, 4-5).

También San Ambrosio de Milán, en el año 390, excomulgó a Teodosio, uno de los primeros emperadores romanos cristianos, por haber ordenado este la masacre de Salónica, como represalia por el asesinato del gobernador militar de esa ciudad. Sólo después que Teodosio hubo manifestado humildemente su arrepentimiento y hecho penitencia pública, le fue levantada la excomunión y el emperador, que los ortodoxos veneran como santo, fue readmitido en la Iglesia. A este propósito, Teodosio diría más tarde: “Ambrosio me hizo comprender lo que debe ser un obispo”.

¿Es que cuando Jesús anatematizó a Pedro, Paulo expulsó de la Iglesia al fiel incestuoso y Ambrosio excomulgó a Teodosio, contradicen el mandamiento nuevo?! De ningún modo, porque la caridad exige a veces, aunque por vía de excepción de la regla, una decisión semejante: “Dios os trata como hijos; y ¿qué hijo no es corregido por su padre? Pero, si estáis exentos de corrección, de la cual todos participan, entonces sois bastardos y no hijos. (…) Dios nos corrige para nuestro bien, para hacernos partícipes de su santidad” (Heb 12, 7.10).

El ministerio episcopal, del Papa y de los obispos diocesanos, es una inmensa honra más, sobre todo, un servicio a la verdad revelada y a la comunión eclesial. San Juan Pablo II tuvo el coraje de condenar las falsas teologías de la liberación, de inspiración marxista. También denunció a los pseudo teólogos que exponían teorías contrarias a la fe de la Iglesia. Estas actitudes provocaron muchas protestas, pero al Santo Pontífice le interesaba más defender a su rebaño, que el aplauso de la opinión pública mundial. En la inauguración de su pontificado, Benedicto XVI pidió: “rezar por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor. Rezad por mí, para que aprenda a amar más cada vez a su rebaño (…) Rezad por mí, para que no huya, por miedo, delante de los lobos”. Y, como dice el papa Francisco, el pasado día 19, en la ordenación episcopal de tres nuevos nuncios apostólicos, los obispos fueron instituidos para las cosas de Dios y “no para los negocios, no para la mundanidad, no para la política”. O sea, un pastor que quiera agradar a todos y ser políticamente correcto, no cumple su misión.

La Iglesia católica del siglo XXI no necesita de anacrónicos clericalismos, ni de nuevas inquisiciones, sino que tampoco puede encaminar por un Cristianismo lírico, más mundano que  católico. En estos tiempos de contradicción, son necesarios valiente que pregonen la infinita misericordia de Dios y defiendan la verdad de la fe con el celo apasionado de San Juan pablo II, de San Ambrosio, de San pablo y del mismo Jesucristo.

https://observador.pt/opiniao/os-catolicos-liricos/





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