miércoles, 15 de marzo de 2017

“¡Mire que no, señor Dr., mire que no!”



Una conclusión inquietante: en pleno Estado Nuevo, el Dr. Álvaro Cunhal fue mejor tratado por la universidad de Lisboa que, en democracia, el Dr. Jaime Nogueira Pinto por la Universidad Nueva.

Anda por ahí un gran revuelo, porque la Universidad Nueva prohibió al Dr. Jaime Nogueira Pinto participar en una conferencia debate, promovida por un grupo de estudiantes de esa prestigiosa institución universitaria.

En buena hora, algunos alumnos de aquella escuela superior, con aquel paternalismo que es tan querido en cierta izquierda que piensa tan bien que hasta piensa por los que no piensan como ella, impidió una peligrosa iniciativa: nada menos que -¡imagínense!- ¡pensar y debatir sobre cuestiones de actualidad política! La celosa corporación universitaria, a través de la dirección de dicha facultad, con el coraje que caracteriza a algunos de nuestros más ilustres intelectuales, cedió a la prepotencia de las dos docenas de estudiantes bolcheviques y canceló el debate, con el gastado  argumento del orden público y seguridad, de  tan recurrente  uso por los tiranos.

No son muy de extrañar estos tics totalitarios de los estudiantes izquierdistas que pululan por nuestras universidades. Benedicto XVI también fue víctima de la misma intolerancia por parte de otros tantos energúmenos universitarios de Roma.

Hace tiempo, una asociación de estudiantes de una facultad de derecho de la capital promovió un debate sobre matrimonio entre personas del mismo sexo, para el cual se invitó a oradores favorables a esa propuesta, muy de acuerdo, por tanto, con la teoría y práctica del pensamiento único. De ahí que, un grupo de estudiantes menos alienado con esa ortodoxia política, se atrevió a proponer una sesión en sentido contrario, con dos profesores de la casa, un reputado sicólogo clínico y un sacerdote católico que, sobre ese tema, había publicado un ensayo en colaboración con un juez de desembargos. Excusado será decir que las dificultades fueron muchas, aunque el debate vino a realizarse, con una numerosa y participativa presencia de alumnos de todos partidos políticos e ideologías.
  
Es muy saludable que se reconozca a los alumnos de enseñanza superior el derecho de asociación, pero es preocupante que una decisión adoptada por solo 24 alumnos –según Joao Miguel Tavares, en Público el 9 de marzo – pueda contradecir principios fundamentales de nuestra Constitución, que son la esencia del Estado de derecho democrático, como es la libertad de pensamiento y de expresión. Es incluso paradójico que los pretendidos defensores de la libertad sean los que se oponen, en la práctica, al más elemental ejercicio de esa libertad, según una muy conocida y practicada contradicción entre teoría y praxis comunista. Por este andar, mañana un estudiante creyente o conservador no podrá frecuentar la enseñanza universitaria estatal, reservada, en régimen de exclusividad, a los camaradas de los omnipotentes dirigentes asociados.

Es lamentable que la dirección de la facultad en cuestión se deje intimidar, hasta el punto de no permitir que tenga lugar un debate que algunos alumnos, con no menos legitimidad que cualquier otra asociación estudiantil, se propusieran realizar, contando para el caso con la presencia de una personalidad de reconocido prestigio intelectual, como es, indiscutiblemente, el Dr. Jaime Nogueira Pinto. No solo no se comprende que los órganos académicos hayan dimitido de su deber de garantizar esa iniciativa cultural, sino que también es inexplicable que la misma autoridad universitaria, así como el ministro competente, no hayan puesto orden en la barraca.

No es menos preocupante que estos acontecimientos hayan ocurrido donde menos era de esperar: en una universidad. Por su propia definición e historia, la universidad, que es una institución de creación eclesiástica, es un centro de investigación y estudio, pero también de debate y de libertad. Así era, por ejemplo, la primitiva universidad, donde eran admitidas todas las cuestiones, también las que contradecían el dogma católico, en las célebres “questiones disputae”. Lo propio de una universidad es, precisamente, la universalidad, o sea, la apertura al estudio y debate de todas las corrientes de pensamiento social, desde el fascismo de Musolini y el nacionalsocialismo de Hitler, hasta las doctrinas de Marx, Engels, Lenin y Estalin. Una escuela donde no hay pluralismo  es un centro de propaganda ideológica, pero no es, en la verdadera acepción del término, una universidad.

En el referido debate universitario sobre el derecho al matrimonio, el sacerdote católico inició su intervención alabando  aquel establecimiento de enseñanza superior, por haber sido donde, en pleno Estado Nuevo, se licenció Álvaro Cunhal, entonces detenido por razones de orden político. A pesar de ser comunista, presentar una disertación en que haría la apología del sistema soviético y defender lo que, según la legislación penal entonces vigente, se consideraba un crimen, su disertación fue generosamente aprobada, con muy buena nota (16 valores), por un jurado del que también formaba parte el último jefe de gobierno del anterior régimen, el profesor Marcelo Caetano, que había sido comisario nacional de la Mocidade Portuguesa.

La conclusión es clara e inquietante: el Dr. Álvaro Cunhal fue mejor tratado por la universidad de Lisboa, en pleno Estado Nuevo, de lo que, en democracia, el Dr. Jaime Nogueira Pinto, por la Universidade Nova. Tal vez no haya sido por casualidad que la Asociación 25 de Abril intervino, en defensa de la libertad de pensamiento y expresión, tan amenazada por grupos de extrema izquierda que no esconden su mentalidad y prácticas totalitarias.

Si, donde estuviera el espíritu del líder histórico de los comunistas portugueses, no hubiera noticias de lo que pasa por aquí, el Dr. Cunhal tal vez piense que, ahora, hay más libertad en los medios universitarios portugueses que en su tiempo. Pues... “mire que no, señor doctor, mire que bo!”




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