sábado, 4 de marzo de 2017

La Iglesia y la pena de muerte



El observador permanente de la Santa Sede en Ginebra afirmó que solo con la abolición de la pena de muerte “será posible construir una sociedad más justa, centrada en el respeto total por la dignidad humana”

El arzobispo esloveno D. Ivan Jurkovic, observador permanente de la Santa Sede junto a las Naciones Unidas y de otras organizaciones internacionales con sede en Ginebra, en la sesión del Consejo de los Derechos Humanos del pasado día 1 de marzo, declaró que el Vaticano está contra la pena de muerte porque, como recordó, “la vida es sagrada desde su concepción  hasta la muerte natural” y, por eso, también “un criminal tiene el derecho inviolable a la vida”.

Esta posición oficial de la Santa Sede, asumida por su representante diplomático junto a los organismos de Naciones Unidas en Ginebra, no es absolutamente inédita, porque en el magisterio reciente de los últimos papas, principalmente san Juan Pablo II y Benedicto XVI, fueron frecuentes las apelaciones en este sentido. Con todo, no es habitual que la Iglesia Católica afirme, de manera tan solemne y formal, contra la pena capital, divergiendo mucho de lo que, a este propósito, se lee en las ediciones de 1993 y 1997 del Catecismo de la Iglesia Católica (CIC).

Por eso, en su primera versión, el CIC afirmaba: “se reconoce a los detentadores de la autoridad pública el derecho y la obligación de castigar con penas proporcionadas a la gravedad del delito, incluida la pena de muerte en casos de extrema gravedad, si otros procesos no bastaran” (CIC, 1993, nº 2266). Se añadía sin embargo que “En la medida en que otros procesos, que no la pena de muerte y las operaciones militares, bastaren para la defensa de las vidas humanas contra el agresor y para proteger la paz pública, deben se preferidos tales procesos no sangrientos” (CIC, 1993, nº 2267).

No obstante en esta primera edición se dice, expresamente, que la pena de muerte solo podrá ser legítima “en casos de extrema gravedad” y solo “si otros procesos no bastaren”, muchos obispos consideraron inadecuados estos términos por lo que, en la edición siguiente, la pena de muerte solo es permitida en casos tan excepcionales que, en realidad, es prácticamente abolida: “la doctrina tradicional de la Iglesia, mientras no haya duda ninguna a cerca de la identidad y de la responsabilidad del culpable, no excluye el recurso a la pena de muerte, si fuere esta la única solución posible para defender eficazmente vidas humanas de un injusto agresor. [...] En verdad, en nuestros días, debido a las posibilidades de que disponen los Estados para reprimir eficazmente el crimen, volviendo inofensivo a quien lo comete, si con eso le quita definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos en que se vuelve absolutamente necesario suprimir al reo ‘son ya muy raros, si no prácticamente inexistentes’” (CIC, 1997, nº 2267).

Según el representante pontificio en las Naciones Unidas, en Ginebra, la pena de muerte es éticamente reprobable por el hecho de que “toda justicia humana es falible” y, por eso, “en la aplicación de la pena capital hay siempre la posibilidad de quitar la vida a una persona inocente”. D. Ivan Jurkovic añadió que no consta que la pena de muerte sea particularmente eficaz en la prevención de la criminalidad.

Para el portavoz de la Santa Sede, que evocó, para el caso, varias intervenciones del Papa Francisco en este sentido, el Estado, a través de la ley y la justicia, debe “dar a los condenados la posibilidad de arrepentirse y de rectificar, en la medida en que aún sea posible, las consecuencias de sus actos.

A su vez, el Papa Francisco, en una carta reciente enviaba al presidente de la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte, defendía que, “Para un Estado constitucional, la pena de muerte representa un fracaso, porque lleva al Estado a matar en nombre de la justicia”. “Y la justicia –según el papa Francisco- nunca se alcanza por la muerte de un ser humano”.

D. Ivan Jurkovic afirmó aún que solo con la abolición de la pena de muerte “será posible construir una sociedad más justa, centrada en el respeto total por la dignidad humana”. El observador permanente de la Santa Sede en Ginebra aprovechó todavía para hacer una apelación: “Esta debe ser también una ocasión para estimular a los Estados a mejorar las condiciones en los establecimientos penitenciarios, de modo que el respeto por la dignidad humana sea garantizado para todos, independientemente del crimen cometido”.

Para Portugal, que muy justamente se enorgullece de haber sido pionero en la abolición de la pena de muerte, son excelentes estas noticias venidas de Ginebra, como lo son también para todos los que, en el mundo entero, siendo o no católicos,  comparten los mismos sentimientos humanitarios. Quiera Dios que en breve sea posible la definitiva erradicación de la pena capital, principalmente en China, en Corea del Norte, en Afganistán, en los Estados Unidos de América y en todos los otros países donde, lamentablemente, aún está en vigor.

http://observador.pt/opiniao/a-igreja-e-a-pena-de-morte/

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