lunes, 2 de enero de 2017

Por fin le llegó una cita de trabajo


Pero, antes de recibir esta grata noticia ocurrieron muchas cosas hoy. “La familia en España es un caos”. Con estas palabras comenzaba nuestra tertulia esta mañana. ‘Nadie se habla entre hermanos, padres e hijos’. “Yo, soy la oveja negra de la familia, pero que no se hablen mis hermanos, que son todos ‘gente normal’ eso no lo entiendo...”

La verdad es que estamos tan enredados entre nuestras propias redes y mentiras o medias verdades, sobreviviendo sin muchas luces en una sociedad cada vez más compleja, cuando no contradictoria, que no acertamos a ver para encontrar soluciones adecuadas para nosotros mismos. Algunos, después de muchas terapias y mucha voluntad,  encuentran su verdad, y con ella la salida y el fin de sus problemas. Pero, socialmente, es difícil sortear las trampas que nos tienden intereses múltiples, desde el capitalismo insaciable a la izquierda ideologizada e inútil. Al ataque a la familia tradicional, se suma un sistema educativo nefasto, sometido igualmente a la dictadura del buenismo y el relativismo, con desprecio absoluto del esfuerzo y el mérito, destruyendo así cualquier anclaje o modelo con autoridad intelectual y natural para avanzar seguros en la vida.

Ha vuelto a morir un sin techo en la calle. Los más sensibilizados nos alarmamos cuando alguien muere en la calle,  hasta nos manifestamos, no sin razón. Pero  igual nos sobrepasamos, por ‘buena voluntad’, sin duda, o sobreactuamos en otros casos.

Las personas sin hogar, a menudo son discretas, y no siempre están dispuestas a hablar de sí mimas, como si quisieran guardar su intimidad aunque esté maltrecha y herida; pero es ‘lo que les queda de sí mismos’. Esta persona, u otras, quizá no quisieran protagonismo, ni siquiera a la hora de la muerte. Otra cosa es que se le acompañe en el tránsito al último albergue, confiados en que la misericordia divina tiene siempre una morada para el que ha sufrido mucho en este valle de lágrimas.

Sí, yo he escuchado muchas veces de labios de algunos sin techo frases que lo prueban: ‘ya vais a hacer la foto... para que vean cómo dais de comer a los pobres’, esta fue la última que escuché, y se refería a nosotros mismos, que tratábamos de festejar muy sencillamente, creíamos que en familia..., la Navidad, y no teníamos intención de hacer fotos.

¿Pero quién está haciendo algo efectivo, serio, solidario al cien por cien, con el que sufre desamparo y cae en la exclusión social? ¿Los sindicatos, el gobierno, los políticos, los ‘empleadores’ con beneficios incalculables...?  Ayer llamaron a un amigo para una entrevista, y parecía casi un milagro, lo encontré optimista, animado, había recuperado por un instante su dignidad, su capacidad de soñar con un futuro prometedor... Daba gusto. Después de meses, años, semanas, días echando currículos por todas partes, un simple detalle le devolvió la dignidad de persona, de trabajador, la confianza en sí mismo.

De ahí, en conversación con otro amigo, sacábamos conclusiones, y decía él: ‘verdaderamente al gobierno, a los sindicatos, a los políticos, les importamos bien poco’, si no, ¡cómo es posible que permitan que haya cientos, miles, millones de desempleados, día tras día y año tras año! ¡Cómo es posible que no se les ocurra alguna forma de mantener a las personas en expectativa de algún trabajo próximo, aunque fuera por unos meses!

¡O nos salvamos todos, o no nos salvamos ninguno, porque desaparecerá la sociedad democráticamente entendida y caerá en manos del más fuerte!  La realidad es que cada día hay más personas viviendo en la calle, porque no se ha previsto el aumento de plazas en albergues, o en pisos tutelados, para esas personas que se ven abocadas a la dependencia absoluta, al desamparo total, de sus familias y del Estado. La exclusión social humilla al que la sufre y a quienes la provocan o son causa consciente o inconsciente de ella.


Si todos nacemos iguales, hijos del mismo Padre, todopoderoso y dueño de la vida, Señor de la muerte, los que fallamos somos nosotros, que no seguimos los mejores impulsos de nuestro corazón, la voz de nuestra conciencia que, si no padecemos algún trastorno mental, distingue caramente lo que está bien y lo que está mal, y aún así preferimos procurar la seguridad propia por encima del bien común. 

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