viernes, 22 de enero de 2016

¡Dios es gratis, pero la Iglesia no!


Una mentalidad demasiado burocrática, o tal vez mercantilista, en la solicitud de emolumentos por servicios pastorales prestados, aparta algunos fieles de la práctica sacramental y escandaliza a los creyentes.

El Papa Francisco, en la audiencia general del 16 de Diciembre pasado, hizo una afirmación rotunda y categórica: “La salvación no se paga” (Osservatore Romano, 17-24 de Dezembro de 2015, p. 1).

Francisco dixit, pero… ¿fue así exactamente? En realidad, Dios es gratis, pero la Iglesia no. Por eso, no obstante los muchos servicios gratuitos que la iglesia presta a sus fieles, también los hay remunerados. Por ejemplo, quien quiere mandar celebrar una Misa, en principio debe “pagar” la importancia respectiva y, aunque nunca se tase a confesión o la comunión, a veces se piden emolumentos por la administración del Bautismo o del Matrimonio, sobre todo cuando se pide su celebración fuera de la iglesia parroquial, principalmente en alguna capilla particular.

¿Tales retribuciones por los servicios eclesiales prestados no contradicen, en la práctica, la declaración del papa Francisco en cuanto a la gratuidad de la salvación? No necesariamente porque, según la doctrina y  la práctica de la Iglesia, esas contribuciones de los fieles son, o deben ser siempre, espontáneas y nunca prestarse a título de retribución de la gracia del  sacramento en cuestión, porque, en ningún caso, un bien de naturaleza espiritual puede ser comprado, vendido o pagado. Lo mismo las indulgencias, aunque concedidas con ocasión de una generosa contribución, nunca se compran o venden.

El código de Derecho Canónico es particularmente explícito en lo que respecta, por ejemplo, a los estipendios, o sea, la limosna que los fieles pueden dar cuando piden que se celebre la Eucaristía por una intención: “Evítese absolutamente cualquier apariencia de negocio o comercio con los estipendios de las Misas” (cân. 947). Así se confirma la licitud de esta “costumbre aprobada por la iglesia” (cân. 945, §1), aclarando reiteradamente su carácter voluntario, o sea, de “oferta” espontánea, a través de la cual los fieles contribuyen “al bien de la Iglesia” y para “sustentar a sus ministros y sus obras” (cân. 946). Por eso, “mucho se recomienda a los sacerdotes que, aunque sea sin recibir el estipendio, celebren misa por la intención de los fieles, particularmente  de los pobres” (cân. 945, §2) y se prohíba terminantemente que un padre que celebre varias misas en el mismo día, reciba más de una gratificación: sólo se puede quedar con el estipendio de una de las Eucaristías que ha celebrado; los restantes deben ser encaminados “para los fines prescritos por el Ordinario” (cân. 951, § 1). De este modo, se evita que algún padre celebre varias Misas, en el mismo día, por una razón meramente económica, aunque lo pueda hacer por una necesidad verdaderamente pastoral.

Un ámbito en el que el Papa Francisco quiere que se manifieste, también en términos económicos, la gratuidad de la salvación, es el de los procesos de nulidad matrimonial. En un reciente escrito sobre la reforma de los respectivos procesos, introducida por el motu proprio de 15 de agosto de 2015, el Obispo de Roma estableció: “La Rota Romana juzgue las causas según la gratuidad evangélica, o sea, con el patrocinio de ex oficio, con la excepción de la obligación moral para los fieles pudientes de ofrecer una oblación de justicia a favor de la causa de los pobres”. 

Si el tribunal de la Rota Romana debe apreciar las causas gratuitamente, es de esperar que también los tribunales eclesiásticos diocesanos opten por la misma actitud, sin embargo de las costas que puedan solicitar a los “fieles pudientes” que recurran a ellos, de manera que así se favorecen “las causas de los pobres”. El mismo criterio se debe aplicar también a todos los servicios eclesiásticos, principalmente los practicados por los  despachos parroquiales, que deberían tender a la gratuidad, sobre todo para los creyentes más necesitados.

Si la mujer del César no sólo debe ser honesta, sino también parecerlo, la Esposa de Cristo, que es la Iglesia, no puede ser solo pobre, sino que debe también dar ejemplo de desprendimiento en relación a los bienes terrenos. Una mentalidad excesivamente burocrática, por no decir mercantilista, en la solicitud de emolumentos, por reducidos que sean, no sólo apartan a algunos fieles de la práctica sacramental – hay quien no se casa, o no bautiza a un hijo, por falta de dinero- sino que , a veces, escandaliza a los no creyentes.

Es razonable que la Iglesia apele a la generosidad de los fieles para hacer frente a los gastos del culto y para garantizar el digno y sobrio sustento de sus ministros, pero no como quien exige un pago por los servicios prestados, que deben ser siempre administrados según la gratuidad del misterio de la redención. Como, en buena hora, el Papa Francisco recordó, “¡la salvación no se paga!". La salvación no se compra. La Puerta es Jesús y Jesús es gratuito!”



Sacerdote católico

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