sábado, 27 de junio de 2015

El pobre y el prójimo




                                                     Ilustração de Carlos Ribeiro

Donde y cuando un hombre sufre, ahí mismo surge  la necesidad de un prójimo.

El sufrimiento mayor es el del dolor que se siente cuando no se tiene con quien compartirlo. La soledad es una deficiencia en el ser, no hay yo sin nosotros. No hay individualidad sin comunidad. El fin de cada ser humano es el amor, un compromiso en que se realiza el yo en nosotros.

El otro no debe nunca ser un instrumento que yo utilizo con vista a alcanzar cualquier otro fin. Nadie es una cosa. El otro nunca es mío. Es un yo. Otro yo. Forma parte del mundo en que yo soy sólo si el fuera también.

Sólo compartir combate la pobreza.

Los gestos nos definen… pero también el silencio entre ellos.

Nuestra sociedad se ha construido en torno al egoísmo. Se consume en el sentido de comprar, usar y desechar. Todavía más. La mayor miseria de nuestro mundo es que algunas personas son, para nosotros, insignificantes. Están fuera de nuestro mundo. Descartados. Excluidos, extraño mundo este, donde ser explotado es, aún así, algo bueno, pues significa que aún se forma parte de los visibles.

Sí, en algunos casos, la riqueza es justa y la pobreza es fruto de la negligencia, es también verdad que donde abundan la riqueza y la pobreza, ahí falla la comunidad. Hay una razón simple para que los pobres sean pobres. Y no es sobre humana. La miseria de unos es una señal concreta de que la riqueza de otros conlleva una violencia. Porque tiene lo que no usa. Porque poseen como superfluo lo que para otros sería esencial.

Se aíslan, excluyen al otro. Apuntan lejos, donde no lo puedan ver ni oír. Llegan a temer cualquier contagio. Desconocen que donde los ricos tienen la ansiedad, tienen los pobres la esperanza. No saben que hay en la pobreza una alegría auténtica, que deriva de una libertad inmensa. Pero esto es un misterio absoluto para quien nunca estuvo privado de casi todo.

La grandeza de cada uno de nosotros sólo se descubre cuando somos capaces de dar lo que tenemos a lo que somos.


Ser pobre es, aún así, tener alguna cosa, pero tener falta de lo que es esencial. La pobreza sólo atañe al espíritu en el caso de aquellos que creen que los bienes materiales son lo que más importa.

Es de la mayor importancia que consigamos atraer a los que están al margen más cerca del centro. Junto a todos. Donde seamos capaces de ser quien somos, todos. Mi próximo es mi vecino, que puede haber sido forastero, pero que ahora ya no lo puede ser más. En el espacio y en el tiempo. Está ahí, conmigo, y con nosotros… mi hermano. Soy yo, allí. Nosotros

¿Cuántas veces fue el otro que se acercó a mi cuando yo estaba abandonado al sufrimiento? ¿Cuántas veces, después, se fue cuando quedé bien sin cobrar nada? ¿Cuántas veces fui yo capaz de hacer lo mismo?

¿Cuántas veces olvido el bien que me hicieron porque prefiero guardar el mal que causaron?

Amar al otro como a mí mismo es colocar en el centro del amor que me atrae a mí y al otro. Amar es crear algo mayor que uno. Un nosotros. Amar no es andar detrás de Dios. Es tenerLo detrás de nosotros, contento conmigo, contento con el otro, feliz con nosotros.

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