domingo, 14 de junio de 2015

El “Mister” Jesús, un mal entrenador




http://observador.pt/opiniao/o-mister-jesus-um-mau-treinador/
13/6/2015, 0:03

Todos los días aparecen nuevas ‘evidencias arqueológicas’ acerca de Jesús pero, que se sepa, aún ninguna negó que Jesús de Nazaret, después de carpintero, fuese así mismo entrenador.

Mucho se ha dicho y escrito sobre Jesús. Algunos no esconden su desprecio por alguien que consideran materialista, interesado y oportunista. Otros, por el contrario, miran con expectación hacia el nuevo mesías, de quien esperan el milagro de la copa, condición necesaria para que una esponja limpie su pasado de sumisión al adversario. En un ambiente aún crispado por las emociones, no es fácil llegar a un veredicto objetivo y desapasionado. Pero, aunque persistan algunas dudas, una conclusión puede ser la ya adelantada: Jesús no es, decididamente, un buen entrenador.

Tal vez algunos piensen que quien lo dice es un imberbe resentido, que quiere aprovechar este espacio para verter su resentimiento partidista, o un fervoroso adepto de su eterno rival, ahora titular del  prometedor entrenador. Ni una cosa ni la otra. En realidad, el mister al que se refiere esta crónica ni siquiera es el blanco de los noticiarios deportivos de estos últimos tiempos, sino  un remoto homónimo que, hace cosa de dos mil años, también fue un polémico entrenador.

No consta que Jesús, el otro, ha asumido alguna vez cualquier función directiva en el club futbolístico de Nazaret que, de haber existido, no dejó rastro. Todos los días aparecen nuevas ‘evidencias arqueológicas’ acerca de jesús pero, que se sepa, aún nadie negó que Jesús de Nazaret, después de carpintero, fuese así mismo entrenador.

Por tanto,  cuando comenzó su magisterio público, Cristo escogió un equipo de colaboradores, los apóstoles. Si once son los jugadores de un equipo de futbol, doce eran los discípulos más próximos del galileo, aunque tuviese muchos más adeptos porque, en una ocasión, envió setenta y dos de estos a predicar. Entre estos últimos debía haber todo tipo de gentes, pero aquellos doce eran  su selección, porque fueron personalmente escogidos por el Mister.

Sucede, con todo, que aquel equipo dejaba mucho que desear. En términos intelectuales, aquellos jugadores eran bastante primarios. No eran propiamente personas muy inteligentes, porque no entendían, muchas veces, lo que el Mister les decía en los entrenamientos. Para suplir esta deficiencia, Jesús tenía que darles explicaciones complementarias, como se acostumbra a hacer con los malos alumnos.

Desde el punto de vista táctico, eran también bastante limitados: mientras el Mister les hablaba continuamente de otro campeonato, el del reino de los cielos, sus expectativas no iban más allá del título recampeonato nacional. En vez de temer al equipo del maligno, el principal adversario, recibían la formación rival de los fariseos.

Tampoco eran grandes de corazón: abundaban, entre ellos, las discusiones de balneario, por mezquinas rivalidades. En una ocasión, cuando el equipo, camino de Jerusalén, fue mal recibido en Samaria, Santiago y Juan quisieron que descendiera fuego del cielo y destruyese a los samaritanos, al modo del moderno apedreamiento de los autocares de los equipos contrarios. Cuando una desesperada fan suplicó a Jesús, a gritos, la cura de la hija muy enferma, en vez de compadecerse de ella o interceder por ella, pidieron al Mister que mandase callar a la madre, lo cual tampoco denotaba buenos sentimientos (Mt 15, 21-28).

¿Serían, por lo menos, piadosos? No parece, porque Cristo se retiraba siempre solo a lugares donde, de madrugada o de noche, rezaba. Incluso cuando, ante la inminencia de la gran final, pidió a su equipo que se concentrase y se uniese a su rezo, en el estadio del huerto de los olivos, no lo logró y quedó, más de una vez, solo. Fue además solo como ganó la copa del mundo (Jo 16, 33).

Del mismo modo en términos físicos, la selección dejaba mucho que desear. Bartolomé, también llamado Natanael fue visto durmiendo debajo de una higuera. Tomás, otro de los jugadores, tenía poco espíritu de equipo, que sólo creía en los goles que veía. Felipe, también titular, quería ver al presidente del club, por dudar que él y el mister fuesen uno solo. ¡Más extraño es que el veterano del equipo, Simón, a pesar de haber  negado por tres veces al entrenador, que lo llamó Satanás, o sea el nombre del presidente del club maligno, no vio rescindido su contrato, ni siquiera dejó de ser el capitán del equipo! Peor aún: el traidor, Judas, que era ladrón y robaba para el equipo contrario, había sido igualmente escogido por el entrenador que, sabiendo de su mala índole, nunca lo debería haber contratado.

¿Será que un fracaso tan rotundo se debió a la falta de buenos candidatos? De ningún modo porque, entre los contemporáneos del Mister de Nazaret, se encontraba su primo Juan Bautista, un autentico campeón de la fe, y su amigo Lázaro, que él resucito y que, por tanto, después de esa fantástica recuperación, debía estar en excelente condición física.

Hasta tenía quien le financiase los pases más costosos, porque eran sus amigos Nicodemo, “un jefe de los judíos” (Jo 3, 1); María, que le ofreció “una libra de perfume de nardo de gran precio” (Jo 12, 3); y José de Arimatea, el acomodado discípulo en cuyo sepulcro él sería sepultado (Mt 27, 57).  Ningún presidente de club le cerró la tapa de las contrataciones, ni ningún acto vergonzoso le impidió optar por los mejores de Galilea, de Judea y Samaria.

Como afirmó Marcos, una especie de redactor del periódico deportivo de la época, el mister escogió “los que quiso” (Mc 1, 13). Quiere esto decir, sin sombra de duda, que él, el entrenador, fue el único responsable de su propio plantel.

No, decididamente Jesús no fue un buen entrenador. El equipo que él formó era, a todos los títulos, lamentable. Nadie contrata jugadores tan flojos como aquellos que el Mister de Nazaret, consciente y voluntariamente, escogió. ¿¡Por qué lo hizo!? Tal vez para que nadie se sienta, por pequeño que sea, indigno de este equipo, la Iglesia, para la cual él llama a todos los hombres y mujeres, garantizando a todos los que perseveren en ella por el amor, la victoria final.



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