domingo, 24 de mayo de 2015

Julieta y la Biblia


Julieta e a Bíblia

No, esta Julieta no es la homónima heroína del drama de Shakespeare, sino un personaje mucho más corriente. Pequeña -no levantaba del suelo más que metro y medio- y con dos diminutos ojos oscuros siempre chispeantes, esta Julieta era vieja costurera que iba a nuestra casa a trabajar. Para nosotros, los niños, ella era nuestra principal contadora de historias.

Sentada en su silla pequeña, en el cuarto de costura, junto a la cocina, sabía un montón de leyendas fantásticas, que nos repetía incansablemente, mientras sus manos zurcían unas medias gastadas, cosían un dobladillo, reforzaba las rodilleras de unos pantalones, o remendaba las  coderas de alguna camisa más gastada. De sus cuentos emergían monstruos y hadas, árboles que hablan y princesas encantadas, toros furiosos y castillos encantados, que tenían siempre la virtud de entretener y divertir.

Se llamaba Julieta Patraquim de los Ríos, pero era una Julieta sin Romeo, porque sus historias no eran dramas de faca e alguidar, sino enredos maravillosos, que nos ponían la imaginación a bailar. Su extraño apellido, Petraquim, tal vez por rimar con Arlequim, estaba perfectamente ajustado a su arte de distraer, mientras sus laboriosas manos iban trabajando las piezas de ropa que descansaban en su regazo, a veces entre los vestidos de alguna muñeca que, a escondidas de nuestra madre, mis hermanas le pedían que cosiese. En cuanto a su último apellido, de los Ríos, no podía ser más adecuado a su condición de cronista cotidiano del reino fuera de la casa: ¡lo mismo de los reyes, de los príncipes y princesas, de los caballeros y las damas, de los pajes y las brujas, de los duendes y de los más insólitos personajes que imaginarse pueda!

No se lo que fue de Julieta, fallecida de hecho hace mucho tiempo, ni de su dedal, ni de la tijera que traía colgada al cinto. Le perdí el rastro, pero no el de sus historias, que volví a encontrar… en la Sagrada Escritura. Sí, la Biblia es el libro más fantástico y realista del mundo. Y, por ser palabra de Dios, es necesariamente, verdadero.

En las historia de Julieta había animales que hablaban y, en el Génesis, es una serpiente la que habla con Adán y Eva. Había princesas enterradas, cuyo cabellos eran las ramas de los árboles, y en la Biblia, el fruto prohibido fue envenenado por la desobediencia del primer matrimonio. Había toros azules, pero infinitamente inferiores  a la zoología surrealista del Apocalipsis –“los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, cubiertas de ojos por fuera y por dentro (Ap 4, 8) – que sobrepasa, en su creatividad ilimitada, la prodigiosa imaginación de Bosch, o de Dalí.

Fue así como aprendí que la Biblia es un libro infantil, del primero al último texto. Si, en el Génesis, la primera mujer es hecha de una costilla masculina, en el Apocalipsis, miríadas y miríadas de ángeles se enfrentan en luchas cósmicas, que dejan la Guerra de las Galaxias reducida a la insignificancia de un folletín de cordel. El arcángel Miguel pelea y gana una lucha infernal al “gran dragón de fuego, con siete cabezas y diez cuernos” que, “con su cola, barrió la tercera parte de las estrellas del cielo, y las lanzó a la tierra” (Ap 12, 3-4). Comparado con ellas, el superhombre, de capa al viento y tanga llamativo, es de un ridículo atroz, para no hablar del Zorro y su antifaz carnavalesco, o de otras criaturas inferiores.

Si la Biblia fuese solo para los eruditos, sería un tratado de fórmulas matemáticas, inaccesibles para el común de los mortales. Como es para todos, recurre a una lengua universal, cual es la de los cuentos de hadas. Pero no se piense, con todo, que el Antiguo y el Nuevo Testamentos no pasan de fábulas para ingenuos. Al contrario, son una explicación realista del mundo y del hombre, donde constan todas las virtudes y vicios, como en las tradicionales historias infantiles, también plagados de bellas y buenas princesas y brujas feas y malas. También en la poesía de un salmo, o en la lengua figurada de una parábola, hay, aunque no del mismo modo como en los compendios científicos y filosóficos, verdadero saber.

Cristo dice, en un momento de jubilosa exaltación, que Dios se reveló a los simples y no a los sabios (Lc 10, 21). Por eso, al viejo Nicodemo le fue dicho que tenía que nacer de nuevo, o sea, hacerse niño, porque el reino de los cielos es de los pequeños. Gracias a la Biblia, pequeños y grandes aprenden a conocer la realidad, no como una doctrina aburrida, sino como la maravillosa y verdadera historia de amor y de aventura de Dios con la humanidad.


¡Muy agradecido, Julieta, por haberme enseñado a soñar porque, como decía el poeta, es por el sueño como vamos …  a Dios!

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