domingo, 24 de mayo de 2015

Espíritu Santo, sálvanos como Iglesia y sociedad.J Ratzinger S. Juan Crisóstomo


¿Qué fue Pentecostés? Al igual que la resurrección de Cristo venció la caída de Adán y Eva, Pentecostés fue la superación de la Torre de Babel. Las construcciones humanas no pueden nunca llegar a Dios, ni a la Verdad. Cuando creemos en nuestra autonomía de Dios, perdemos el contacto con Él y pasamos sufrir las consecuencias.


Hoy en día vivimos la construcción de muchas Torres de Babel. Algunas dentro de la Iglesia, pero la mayoría son construcciones ideológicas de la sociedad con el objeto de dominarnos y hacernos sufrir. El lenguaje es el campo de batalla. Ya no podemos comunicarnos de forma clara, porque las palabras han ido cambiando de significado, lenta e inexorablemente. Hablar de matrimonio es hablar de un contrato civil con capacidad de revocarse en cualquier momento. Esto hace que cada vez menos personas deseen casarse, ya que el matrimonio se ha convertido en un simulacro oficial, que esconde una relación temporal. Para eso mejor convivir y que el estado no te tenga vigilado. Tampoco hay una relación directa entre matrimonio y familia. Tampoco los niños tienen razón de tener un padre y una madre. Como me decía hace unas horas una chica en Twitter, todo depende de “cómo definamos padre y madre”.

Dialogar no compromete a quienes lo hacen al respeto mutuo, sino al respeto de lo que estima es “políticamente correcto” y está bien visto por los grupos de presión progresistas. Es posible invocar los derechos humanos para denigrarte mientras se les llena la boca de legalidad y derechos de unos sobre otros. Por desgracia, todo derecho no natural, termina siendo un privilegio de un grupo de personas sobre otro. Hoy en día ya sabemos quienes ganan derechos en contra de nosotros.

Pentecostés: viento  y  fuego  del  Espíritu  Santo  fundan  la  Iglesia.  Esta  no  nace  de  una  decisión autónoma, ni es producto de una voluntad humana, sino creación del Espíritu Santo. Este  Espíritu  es  la  superación  del  espíritu  babilónico  del  mundo.  La  voluntad humana de poder como se expresa en Babilonia tiende a la uniformidad, pues se trata de dominar y de someter, y por eso precisamente suscita odio y división. En cambio, el Espíritu de Dios es Amor, y por ello suscita reconocimiento y crea unidad, en la aceptación  de  la  diversidad  y  la  multiplicidad  de  lenguas  se  comprenden recíprocamente. (J. Ratzinger. La Iglesia, 3)

Hoy en día se entiende que la diversidad es un valor. Por desgracia esto ocurre hasta dentro de la Iglesia. Un aparente valor que se utiliza para separarnos y discriminar. La diversidad es una realidad que debe ser iluminada por el Espíritu Santo. Si el Espíritu Santo no une en fraternidad a la diversidad, los dones del Espíritu no pueden fructificar. Los carismas son regalos de Dios para que los utilicemos en beneficio de la comunidad.

Oye cómo habla  Pablo  y  cómo  pone  la  virtud  por  encima  de  los  milagros: Emulad —dice— los carismas del espíritu. Y aún os quiero mostrar un camino de todo punto excelente (1 Cor 12,31). Y cuando viene a describirnos ese camino, no nos habla ni de resurrección de muertos, ni de curación de leprosos, ni de cosa semejante. En lugar de todo eso, pone el Apóstol la caridad. (San Juan Crisóstomo. Homilía 32 sobre el Evangelio de San Mateo)

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