domingo, 26 de abril de 2015

Mediterráneo


Auto da Barca da Morte

En Portugal conviven, pacíficamente, judíos, cristianos, musulmanes y muchas otras personas de los cinco continentes y no hay, gracias a Dios, fuerzas políticas significativas que sean racistas o xenófobas.

Los números son aterradores: 800 personas del norte de África, entre las cuales cincuenta niños, se ahogaron, el pasado día 19, en el Mediterráneo, en algún lugar entre las costas de Libia y la isla de Lampedusa. Buscaban un mundo mejor y encontraron la muerte, el mayor naufragio de emigrantes en el mare nostrum.

El elevado número de personas en cuestión no constituye, con todo, una novedad. Según datos oficiales italianos, sólo en estos últimos días fueron rescatadas, por navíos de la marina mercante, cerca de diez mil personas en situación análoga. Pero, no todos los que salen de las costas mediterráneas, consiguen llegar a su destino. Muchos quedan por el camino, víctimas de naufragios debidos a la sobre dotación de las embarcaciones, a la falta de condiciones de seguridad de los navíos y, sobre todo, a la criminal responsabilidad de los armadores y las tripulaciones que se dedican a este infame tráfico de vidas humanas.

Igualmente, los que llegaron a Europa sanos y salvos, o sea, vivos, corren el riesgo de ser repatriados, si no se les diera una nueva patria. Sólo en el año pasado entraron, en la Unión europea, más de un millón cincuenta mil  refugiados de distintas procedencias. Las islas de Malta y de Lampedusa y las costas italianas, blancos preferidos de esta desesperada migración, dada su proximidad con el norte de África, son incapaces de acoger a todos los que huyen del hambre, de la guerra y del fundamentalismo islámico, que continúa diezmando a tantos cristianos, como las centenas de jóvenes nigerianas secuestradas y violadas por el Boko Haram, o los etíopes recientemente asesinados por el Estado Islámico.

La apelación más impresionante fue, más de una vez, la del Papa Francisco, que no en vano escogió Lampedusa para su primer viaje pastoral. Refiriéndose a las 800 víctimas mortales, recordó que “eran hombres y mujeres como nosotros, hermanos nuestros, que buscaban una vida mejor. Hambrientos, perseguidos, heridos explotados, víctimas de la guerra, que van en busca de felicidad”. Pero encontraron la muerte, tal vez ante la indiferencia generalizada de muchos ciudadanos comunitarios, para ya ni mencionar la hostilidad de los partidos xenófobos, en ascenso en algunos países europeos.

El primer ministro de Malta también deploró “la mayor tragedia de todos los tiempos en el Mediterráneo”, lamentando que los países más expuestos a este flujo migratorio, están prácticamente solos en este combate. Este drama no es sólo italiano, o de los malteses, sino internacional. Aunque ya sea tarde para salvar a las víctimas mortales de este terrible naufragio, es imperioso que no haya sido en vano el sacrificio de estas vidas.

Portugal tiene una antigua y honrosa tradición hospitalaria. Aceptó, durante la segunda guerra mundial, muchos judíos perseguidos, generalmente de paso hacia otros lugares, y no pocos jóvenes austríacos necesitados, que aquí encontraron familias que los hospedaron, como si fuesen sus hijos. En nuestro país conviven, pacíficamente, judíos, cristianos, musulmanes y muchas otras personas de los más variados credos, o sin ninguna religión, procedentes de los cinco continentes. No constan, gracias a Dios, fuerzas políticas o ideológicas, con significativa expresión nacional, que sean racistas o xenófobos.

Nuestras autoridades honrarían esta hidalga hospitalidad y sana convivencia multicultural, la cual no es extraña a nuestra raíz cristiana, si también ahora se responsabilizasen de coger a algunos de esos refugiados. También tenemos nuestra cuota parte en la resolución de este drama humanitario porque como escribió Saint-Exupéry, “cada uno es responsable de todos. Cada uno es único e irrepetible. Cada uno es el único responsable de todos”

En el Auto de la Barca del Infierno intervienen, entre otros, un ángel, un hidalgo, un fraile, un judío, un corregidor, un prestamista, un tonto, un ahorcado y, aún, el diablo y un compañero suyo. Así andan mezclados, en este mundo, el trigo y la cizaña que, con todo, no se deben confundir.

No se puede omitir la protección que es debida a los expoliados, pero sin desistir de la responsabilidad criminal de los que el primer ministro italiano llamó “contrabandistas de personas” y “esclavistas del siglo XX”. Así lo hace la Iglesia, durante siglos, luchando contra la esclavitud, que también en países cristianos se practicaba. Para los que trafican y explotan vidas humanas inocentes no puede haber lástima ni piedad, porque no hay misericordia posible para el diablo. No habrá sido por casualidad que éste y su compañero son, en la aludida pieza de Gil Vicente, los barqueros del barco infernal. Igual que ahora, por comparación.




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