jueves, 19 de marzo de 2015

Una familia rota, otra empresa quebrada.



Llega un momento en una vida, algo parecida a la del santo Job, en que, menos paciente que el santo,  te dan ganas de parar el tiempo, bajarte, y… aparecer en otro sitio, muy diferente, sin sufrir ni un ápice, donde todo sea nuevo y no conozcas a nadie  ni nadie te reconozca. Sólo así, parece posible una vida diferente, feliz.

Una familia rota es otra empresa más en ruinas. Hoy nos despertamos con la noticia del aumento de divorcios en un 6%. Explicación, un signo más de que estamos saliendo de la crisis... ¿Pero de qué crisis hablamos, entonces? Muchos, no son capaces de pensar más allá de sus deseos, por eso es una sociedad tan poco creativa, tan poco generosa, sin tiempo para los demás por puro ejercicio de humanidad. Y por eso la criticamos y denostamos, como si la sociedad no fuera cosa de todos.

Familias divididas y enfrentadas hacen una sociedad dividida y enfrentada. Es una lucha enfermiza por la supervivencia, la culpa de la infelicidad propia la tiene aquella persona a la que me entregué hace días,  meses, algunos años, o el niño que me pide una dedicación completa… La verdad, no sé como se puede recomponer esta sociedad, antes de que el batacazo sea irreversible, pues huele a final de etapa, o  sea un final muy selectivo como aquel que provocaba la bomba H, que sólo mataba los seres vivos y respetaba lo demás… creo que algo así se temía hace unos años, ya que los destrozos de la bomba atómica eran totales y poco económicos…

También es cierto que, este descontento, provoca la reacción de personas y grupos humanos que se rebelan contra la indiferencia y sacan a la luz las miserias de esta sociedad, y tratan de vivir con entrega y alegría su fe. Tratan de evitar  una catástrofe de dimensiones planetarias, o quizá universales.

Es una crisis es de proporciones inabarcables, pero lo es más aún porque se ha instalado en el interior de muchas personas, y no saben qué hacer, como evitar su propio fracaso, y tampoco encuentran un camino despejado, ni siquiera un estrecha senda, abierta por alguien que le precede y ha sido capaz de abrirse camino entre tanta maleza como crece en todas direcciones.

El remedio sale de dentro y viene de fuera, este mundo tiene que ser reflejo de otro mundo, revelado, imaginado, prometido a todos los hombres de buena voluntad, donde reina la paz, la justicia, el amor. Sólo sirviendo cada uno a sus mejores deseos y pensamientos, y siendo capaz de compartirlos con los que le rodean, se podrá empezar a reconstruir la sociedad que todos queremos, y en la que cabemos todos.

Aunque también hace falta valor para renunciar a la comodidad o la conveniencia ante cada elección, y mucha humildad para rectificar ante el error. No nacemos sabiendo, aprendemos de los demás, lo bueno y lo malo, primero en familia, después en sociedad. 




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