lunes, 16 de febrero de 2015

Un suicidio en Sevilla sin muerto

Por Francisco de la Cigoña. 
No soy periodista. Soy abogado y licenciado en Ciencias Económicas. Aunque he escrito miles de artículos en medios impresos y digitales. Seguramente más de diez mil. Mi “periodismo” es de opinión, sobre noticias o informaciones que me llegan, y no de investigación. Pero recientemente me he visto metido en ese campo que me parece apasionante, y os voy a dar cuenta de ello. Y digo que me he visto metido porque no lo busqué yo. Me buscaron. Y me encantó la experiencia. Aunque no para repetirla. Lo mío es otra cosa.

La persona que me facilitó la carta que Don Santiago González escribió a compañeros suyos con motivo de haberse declarado falsas las acusaciones vertidas contra él, me comunicó hace un par de días que persona conocedora de todos los hechos estaba dispuesta a contármelos pero que tendría que ser personalmente. Y a Sevilla me fui. De entrada sabía que iba a valer la pena pues mi amigo no me iba a embarcar en un viaje sin sentido aunque fuera tan cómodo como lo hace el AVE entre la capital de España y la de Andalucía.
Y ese relato es el que os voy a contar. Verdaderamente alucinante. A mí me dejó con los ojos a cuadros. ¿Realmente pueden ocurrir esas cosas? Pues ocurrieron. Seguramente habrá alguna imprecisión en detalles secundarios. Excuso decir que si Don Santiago González quiere puntualizar algún extremo tiene esta página abierta a lo que quiera añadir o corregir. Pero lo sustancial es lo que os voy a relatar. No digo al lector que se siente pues doy por hecho que me lee sentado pero es que es para estar sentado.
Un sacerdote sevillano, con cargo en la curia diocesana, se presenta en el arzobispado con unas acusaciones gravísimas contra Don Santiago González. Aporta unos correos electrónicos y un cadáver. Una persona, varón,  dirigido espiritualmente por el sacerdote denunciado, ante el rigor del director, que le imponía durísimas penitencias, y que además le habría solicitado sexualmente, se había suicidado. Se entiende el pánico y la consternación en la curia y más todavía con el arzobispo ausente. El acusado es llamado con urgencia a palacio y, ante lo que le exponen, responde, asombrado, que no conoce de nada al muerto y que no está entre las personas a las que dirige espiritualmente. Que tampoco son muchas por lo que puede dar los nombres de todas.
Y con eso comienza un tristísimo y abracadabrante episodio en el que la archidiócesis no va a quedar bien parada. El pánico no es buen consejero y antecedentes como el de Granada lo agravan. Aunque en este caso no hubiera menor de edad. Y sin la mínima consideración sobre la verosimilitud de los hechos suspenden cautelarmente a Don Santiago de su ministerio sacerdotal. De nada valen sus negativas sobre los hechos ni la más fundamental de las mismas. Que no conocía de nada al suicidado.
Entiendo la medida adoptada, comprendo también que la mayor parte de los imputados en hechos análogos niegan su participación, pero lo que no se entiende bien, incluso con el precedente de Granada, es que no se hiciera un siquiera somero análisis de la base de la acusación. ¿Esos correos electrónicos procedían del acusado? ¿Tenían su IP? ¿Eran mínimamente creíbles?  ¿Había de verdad un cadáver?
Los obispos tienen que considerar que si a la primera acusación contra alguno de sus curas los suspenden en sus ministerios, pueden quedarse en días sin curas. Es necesario tomarse un tiempo para analizar si lo que se les imputa tiene un mínimo de credibilidad. Aun a riesgo de que el imputador escriba al Papa y éste le responda. Aunque también entiendo el pánico. Menos la comodidad. Suspendido y ya se verá. Porque tampoco es eso.
Tan tremendas acusaciones se disolvieron en cuestión de un mes. Algo menos. Un mes de angustia en el falsamente imputado, de días y noches de lágrimas impotentes ante la injusticia y de oraciones desgarradas a Dios. Y con la agravante de que, además. Se estaba muriendo su padre.  La persona con la que me entrevisté, y no el Vicario General, que era el encargado del proceso, fue la que descubrió  que no había cadáver. Que el suicida estaba vivísimo y que ni conocía a Don Santiago González ni había intervenido para nada en ningún tipo de correos electrónicos al respecto. Los correos electrónicos eran todos fruto de una persona que se los dirigía a sí misma y que contaban una historia que sólo existía en su imaginación.
Con lo que el arzobispado había quedado como Cagancho en Almagro. Y el cura denunciante, cuyo nombre y cargo por supuesto conozco  todavía mucho peor. Como poco, de tonto del bote, por creerse un montaje sin pies ni cabeza e ir con él, como correveidile al arzobispado. Y si lo que le movía era el odio contra el acusado no voy a poner aquí el calificativo que tengo en la mente, me limitaré a llamarle miserable.
Quiero suponer que a semejante sujeto, por bobo integral o por malvado, que ha dejado al arzobispado, y de rebote al arzobispo, en ridículo, le aplicarán un congruo correctivo. Y dejará su cargo curial, de notable importancia, por alguna parroquia de la sierra. De sujetos así cuanto más lejos, mejor.
Y también espero que Don Juan José Asenjo, que se ha encontrado con que lo que parecía una tragedia no era más que un ramplón vodevil, en el que los muertos aparecen y desaparecen y las pruebas no eran más que un burdo montaje del que se debieron dar cuenta los también bobos que se tragan cualquier cosa, cierre de una vez esta historia que le ha crecido sin regarla. Y que levante una prohibición de escribir que si podía tener sentido mientras se incoaba el proceso correspondiente, al cesar éste por la falsedad de las pruebas, no tiene ya el menor sentido.
Si Don Santiago González, escribiera textos contrarios a la fe o a la moral de la Iglesia, repréndale el arzobispo del modo que proceda en derecho, al igual que a aquel otro clérigo que incurriera en análogos motivos. En otro caso no se entendería bien la persistencia de la prohibición. Que ya bastante daño le ha hecho la archidiócesis con la suspensión sin el menor motivo para ella y de la que se ha tenido que desdecir.  Don Juan José tuvo ya un detalle importante con el sacerdote tan injustamente acusado. Acudió a presidir el funeral por su padre.  Estoy seguro de que, habiendo cesado ya los motivos que podrían justificar el silencio sobre la situación, cesará en breve la prohibición de publicar. No tiene el menor sentido reproducir en Sevilla una cuestión tan discutida como la de los Franciscanos de la Inmaculada.
P.D.:
Pues ahora me consta, por comunicación de mi corresponsal,  que el sacerdote falsamente acusado perdonó inmediatamente a la autora de tan tremendo desaguisado que tanto le hizo sufrir. Lo de la amenaza de acudir a los tribunales pienso que fue un calentón tras un mes de tamaño sufrimiento. La amenaza del Vicario general será aceptable jurídicamente pero me parece tan inapropiada en uno de los protagonistas del esperpento que le retrata. Por RD me entero de de que las facultades dela autora de todo son, digamos, delicadas, cosa que me confirma mi corresponsal. ¿El correveidile, que en mi opinión ha quedado fatal, conocía ese hecho? ¿Y conociéndolo actuó de ese modo? ¿No sabía nada y sin más dio crédito de lo que le decía un desconocido y fue a chivarse? ¿Si yo mañana le envío un correo desde un cyber, lo firmo como Juan Sanchogrande Balconcillo comunicándole que según unos e-mails que me he dirigido a mí mismo y que dicen que el Vicario es el violador del ensanche y que una de las violadas, llamada Margarita Pedrochilla Columela se ha suicidado, corre al arzobispado a denunciarlo? ¿Y suspenden cautelarmente al Vicario? Pues estaríamos en un mundo de locos. Así que a mí me parece lo del chivato impresentable.
¿Aquí el único que perdona es el gravísimamente ofendido? Porque declarar que la acusación era falsa no es ningún perdón sino una evidencia. Yo del acusica no espero nada, o es más tonto que Pichote o un malaje. Por lo uno o por lo otro ha quedado de chupa de dómine y tocadísimo para su cargo pastoral. Pienso incluso que imposible. El Vicario me parece un chulo que se vale de su cargo para amenazar a un pobre sacerdote quia nominor leo. Y chulería es su amenaza cuando lo que debió hacer, con un mínimo de caridad que tuviese, sería llamarle y decirle: Santiago, entiendo tu cabreo pero no hagas tonterías que te van a perjudicar. Así que, señor Vicario, me parece usted un chulo de… y ahí ponga usted lo que quiera.
Y nos queda el arzobispo a quien sin quererlo ni beberlo le han montado este marrón. Los suyos. No Don Santiago González. Yo no soy quien para aconsejarle nada y quien tiene que gobernar la diócesis es usted. Lo hará con acierto o sin él. Y le reconocerán el uno o el otro, en ocasiones con “acritú”. Merecida o no. Es usted un buen obispo, aunque no sea el beato Spínola, es usted una buena persona que sabe olvidar, me consta personalmente. No deje pudrir una situación inverosímil con lo que no iba a ganar nadie. Recomiende prudencia, si necesario fuere, a Don Santiago, incluso impóngale un tiempo de censura en el que tenga que someter sus escritos, antes de ser publicados, a un sacerdote docto y que no le tenga malquerencia. Pienso que ni el acusica, que ha quedado prácticamente inservible, o el vicario chulo no pueden serlo. Y olvidemos cuanto antes esta página lamentable que le han montado. Que le han montado los suyos. Porque si  no se va a encontrar que cada vez que alguno de sus sacerdotes diga algo improcedente, cosa desgraciadamente inevitable, le van a preguntar: ¿Ese sí y Don Santiago no?  Y eso en el caso de que Don Santiago dijera cosas censurables. Que no me constan. Aunque tampoco sigo habitualmente sus escritos. Yo en este asunto ni quito ni pongo rey ni tengo señor que ayudar. No conozco a Don Santiago González, si me lo tropezara en la calle pasaría por su lado sin saber que es él. A usted le conozco y le aprecio. Aunque seguramente hará dos o tres años que no intercambio con usted un saludo de menos de un minuto. Pero no quisiera que un asunto menor se encizañara. Sin que yo vea el menor motivo para ello. Dio usted un paso importante presidiendo el funeral por el padre de Don Santiago. Dé un pasito más. Y esto se olvidará y habrá quedado usted de dulce.




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