sábado, 14 de febrero de 2015

O volvemos a San Agustín y Santo Tomás, o no hay nada que hacer

Pero gracias sean dadas a Dios, porque siendo esclavos del pecado, obedecisteis de corazón a la norma de doctrina a la que habéis sido entregados,  y libres ya del pecado, habéis venido a ser esclavos de la justicia.
Romanos 6,17-18
Corren recios tiempos para aquellos que creen que aunque el cristianismo no es una mera recopilación de doctrinas fundadas en la Escritura y la Tradición y acrisoladas por siglos de Magisterio eclesial, sin la sana doctrina es de todo punto imposible desarrollar una pastoral adecuada que pueda conducir a los hombres al encuentro con Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre y, en cuanto tal, único mediador entre Dios y los hombres.
Aun más, quienes así piensan y lo dicen, suelen ser acusados de fariseos, escribas, fundamentalistas y toda una catarata de adjetivos similares. Los acusadores pretenden poco menos que convertir el cristianismo en una religión de sentimientos buenistas que busca hacer que el paso por este valle de lágrimas que es la vida sea lo más “fácil y cómodo” posible, sin tener en cuenta que precisamente lo que está en juego en los años que vivimos a este lado de la frontera determinará nuestro destino en toda la eternidad. Y créanme, esa eternidad dura mucho. De hecho, no tiene fin. Si tuviéramos un mínimo de sentido de lo eterno, entenderíamos que las pocas o muchas décadas que nos toque vivir ahora son la nada comparadas con lo que llegará después. 
Hay hoy una casi absoluta falta de entendimiento de la verdadera naturaleza de Dios. Nos han dibujado un Dios al que apenas importa el pecado. Creen que el hecho de que Dios sea amor está por encima de su condición de santo, como si su amor y su santidad fueran dos fuerzas contrapuestas. La realidad es que la santidad de Dios es incompatible con el más leve de los pecados. Y tanto nos ama Dios que envió a su Hijo a redimirnos, a salvarnos no solo de la consecuencia de nuestros pecados, sino a liberarnos verdaderamente de la esclavitud en la que vivimos cometiéndolos. 
Porque Dios es santo nos ama. Porque nos ama tanto, quiere hacernos santos. Y su gracia es el instrumento para edificar nuestras almas como templos de santidad en los que su Espíritu Santo habite, transformándonos a imagen y semejanza de su Hijo Jesucristo, el Santo de los santos. 
Equivocada sería igualmente la imagen de un Dios justiciero, que esperara cualquier fallo grave nuestro para enviarnos de cabeza y sin remedio al infierno. Un Dios deseoso de condenar a los hombres no habría enviado a su Hijo a salvarlos.
Una vez establecido que Dios quiere nuestra salvación, es absolutamente necesario que todos entiendan que semejante obra es principalmente divina. No hay nada saludable que el hombre, fuera de Dios, pueda hacer para acercarse a Dios. Y todo lo saludable que el hombre hace, en Dios, para acercarse cada vez más profundamente a Dios, es don de Dios. De tal manera que incluso los méritos verdaderamente propios del hombre son la corona de la gracia divina, que es quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer (Fil 2,13). Como enseñó San Agustín:
Cristo toma forma, por la fe, en el hombre interior del creyente, el cual es llamado a la libertad de la gracia, es manso y humilde de corazón, y no se jacta del mérito de sus obras, que es nulo, sino que reconoce que la gracia es el principio de sus pobres méritos.
San Agustín, Comentario a Gálatas, 37
Dios nos salva en Cristo y por medio de Cristo, de tal forma que el nombre de cristiano no debería describir meramente al seguidor de Jesucristo, sino a aquellos que son verdaderamente recreados a su imagen y semejanza, a aquellos que pueden decir con el apóstol: “Ya no vivo yo, es Cristo quien viven en mí” (Gal 2,20).
Lo escrito hasta ahora es apenas una exposición torpe de mi entendimiento de la doctrina sobre la salvación y la gracia, pero no creo que diste mucho de lo que durante siglos fue enseñado y predicado por la Iglesia. Cito del libro “De Cristo o del mundo” (Gratis Date), del P. José María Iraburu:
La doctrina católica de la gracia ha confesado siempre que es Dios quien mueve al hombre por su gracia a pensar, a querer y a obrar el bien. De tal modo que el hombre puede, sin Dios, obrar el mal; pero necesita siempre el concurso de Dios para realizar el bien, en todas y cada una de las fases de su producción. En la línea del bien, por tanto, la gracia precede siempre a la acción del hombre, que actúa libremente bajo el influjo de la misma gracia divina. Así, Dios y el hombre actúan como causas subordinadas: la causa principal es Dios, y el hombre la causa segunda. Ésta es, por ejemplo, la doctrina de San Pablo, San Agustín, Santo Tomás, y hasta el siglo XVI hay en ella un acuerdo general entre los autores católicos, que sólamente difieren a la hora de explicar cómo se produce esa subordinación causal misteriosa.
Sin embargo, probablemente como contrarreacción a los errores de Calvino sobre la predestinación -su doble decreto es inaceptable- y de Lutero sobre la gracia -la robó su carácter santificante-, se introdujo en la Iglesia el antiguo error semipelagiano, que en el fondo hacía depender la salvación del hombre del propio hombre. Vuelvo a citar la obra del P. Iraburu:
Esta unanimidad profunda en la doctrina de la gracia se va a quebrar en el siglo XVI con la reaparición de la tendencia semipelagiana, condenada en el año 529 en el II concilio de Orange (Denz 370-379). El término semipelagiano no fue usado en la antigüedad, y fue inventado cuando Molina enseñó en la Concordia (1589) cómo Dios y el hombre concurren, como causas coordinadas, o más exactamente incompletas, que se complementan para la producción de la obra buena. Muchos entonces vieron estas enseñanzas como pelagianorum reliquiæ, o más exactamente, como sententia semipelagianorum, refiriéndose con este término a aquellas posiciones que algunos, como los monjes de Marsella (massilienses) habían defendido en el siglo V. Según ellas, depende del hombre, de su mayor o menor generosidad, hacer este bien o ese otro bien mayor -aunque se admite que, para realizarlo, es necesario el concurso de la gracia divina-. Actualmente, como veremos, en la extrema decadencia de la fe en Occidente cristiano, ésta es la doctrina más generalizada.
Por el contrario, la Iglesia, en la antigüedad y en el milenio medieval, entiende el cristianismo ante todo como gracia. Y así, por ejemplo, considera evidente una enseñanza como la de Santo Tomás, según la cual «es el amor de Dios el que crea e infunde la bondad en las criaturas» (STh I,20,2); y, por tanto, «no habría unos mejores que otros si Dios no hubiese querido bienes mayores para los primeros que para los segundos» (I,20,3; +23,4). Cuando verdades como éstas producen rechazo en la mayoría -según la cual Dios ama más a los mejores, porque son más buenos-, eso significa que han perdido muchos la recta tradición católica sobre la doctrina de la gracia.
Alguno dirá que al fin y al cabo, todo esto son disquisiciones teológicas que no afectan a la vida de los cristianos. Craso error. Sigo citando:
Las consecuencias de esta inversión del binomio gracia-libertad son incalculables, tanto en la espiritualidad general, como en lo referente a los caminos de perfección. Concretamente, en la visión semipelagiana, el «dejar el mundo» para seguir a Cristo, es posible a cualquier cristiano, «con tal de que lo quiera, pues es cuestión de generosidad: querer es poder». Quienes así piensan admiten luego, eso sí, que la realización de esta generosa opción es imposible sin la ayuda de la gracia. Si no admitieran eso, serían pelagianos. Mientras que admitiéndolo, se quedan en semipelagianos.
Que a pesar de la enorme difusión de esa visión molinista de la gracia divina que, en palabras del profesor Eudaldo Forment
“El molinismo, que se presentaba como una reacción defensiva al determinismo luterano y quería salvar la libertad humana de los ataques protestantes, termina negándola.” “El resultado (de la doctrina molinista) es la pérdida de la libertad humana y una reducción de la eficacia de la causalidad divina” (y por ello de la gracia)
“El problema de la concordia entre prederteminación y libertad", EUNSA, pág. 160
… Dios siga salvando a tantos es solo posible, precisamente, por la eficacia de su gracia, que es más poderosa que los errores que se la oponen. Al fin y al cabo, los sacramentos siguen intactos y obran ex opera operato. Cito al Beato Dom Columbia Marmion, de su obra “Jesucristo, vida del alma” (Gratis Date):
Una de las manifestaciones de la condescendencia de nuestro divino Salvador al instituir los sacramentos consiste en que los signos que contienen la gracia, la producen por sí mismos [ex opere operato]. El acto sacramental, la obra practicada, la simple aplicación al alma de los símbolos y ritos, hecho con arreglo a lo prescrito, eso es lo que confiere la gracia, y la confiere independientemente, no de la intención, pero sí del mérito personal de aquel que lo administra. La indignidad de un ministro herético o sacrílego no puede poner óbice al efecto del Sacramento, si ese ministro se conforma con la intención de la Iglesia y trata de ejecutar lo que hace la Iglesia en semejantes casos. El Bautismo, administrado por un ministro heretico, es válido. -¿Por qué?- Porque Cristo, Hombre-Dios, quiso colocar la comunicación de las gracias por encima de toda consideración del mérito o de la virtud de aquellos que le sirven de instrumento; el valor del Sacramento no depende de la dignidad o de la santidad humanas; radica en la institución del Sacramento por Jesucristo y esto es lo que origina en el alma fiel una confianza ilimitada en la eficacia de esos auxilios divinos [Secura Ecclesia spem non posuit in homine… sed spem suam posuit in Christo, qui sic accepit formam servi ut non amitteret formam Dei. San Agustín, Ep. 89,5].
Bendito sea Dios que a pesar de que se difundió la desfiguración de la doctrina sobre su gracia nos sigue salvando a través de ella. 
Si San Pablo fue el apóstol de la gracia, se puede afirmar sin temor a equivocarnos que San Agustín y Santo Tomás de Aquino -discípulo que supera incluso a su maestro, el obispo de Hipona- son sus principales exponentes. Si Molina, como es ampliamente reconocido (vean 1 y 2), se apartó de ellos, a nosotros nos toca regresar a sus enseñanzas. Una pastoral firmemente enraizada en una sana doctrina sobre la gracia es camino seguro para superar cualquier crisis presente y futura. Una pastoral basada en un buenismo que ignora el poder de la gracia para transformar al hombre pecador en hombre santo, solo puede provocar un desastre mayor del que ya contemplan nuestros ojos.
Reforma o apostasía. Santidad o muerte.






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