viernes, 6 de febrero de 2015

Aconfesionalismo autoimpuesto: ¿Por qué escondemos a Cristo?

Hay algo peor que el intento del laicismo radical de reducir la fe al ámbito de lo privado, a una expresión meralmente cultual -de culto-, de piedad personal, a la que se prohibe que impregne la sociedad. Se trata de esa especie de aconfesionalismo que se autoimponen muchos cristianos, tanto a nivel particular como grupal o institucional.

Lo vemos en instituciones dedicadas a la labor social en la Iglesia. Cuesta mucho encontrar en sus campañas una referencia a Cristo,al Evangelio, a la fe. En poco o nada se diferencia de las campañas de ONGS cívicas.
Ocurre también con algunas revistas “católicas". Sí, defienden valores que emanan del evangelio. Sí, están hechas por gente que profesa la fe de la Iglesia. Pero no se ve directamente la fe y el evangelio por ninguna parte. Ni una cita, ni una referencia directa. Parecen publicaciones hechas para que te las dé una azafata en un viaje en el AVE o en un vuelo de avión trascontinental.
Lo mismo ha de decirse en referencia a la predicación y la catequesis. Quien piensa que así evangeliza, suele partir del error de que a través de la buena moral y los buenos principios se puede llegar a la fe. Más bien es al revés. Solo la fe y la gracia capacitan al hombre caído para andar en la verdad y en la virtud.
Cito del decreto sobre la justificación del Concilio de Trento:
Ante todas estas cosas declara el santo Concilio, que para entender bien y sinceramente la doctrina de la Justificación, es necesario conozcan todos y confiesen, que habiendo perdido todos los hombres la inocencia en la prevaricación de Adán, hechos inmundos, y como el Apóstol dice, hijos de ira por naturaleza, según se expuso en el decreto del pecado original; en tanto grado eranesclavos del pecado, y estaban bajo el imperio del demonio, y de la muerte, que no sólo los gentiles por las fuerzas de la naturaleza, pero ni aun los Judíos por la misma letra de la ley de Moisés, podrían levantarse, o lograr su libertad; no obstante que el libre albedrío no estaba extinguido en ellos, aunque sí debilitadas sus fuerzas, e inclinado al mal.
Y:
Cuando dice el Apóstol que el hombre se justifica por la fe, y gratuitamente; se deben entender sus palabras en aquel sentido que adoptó, y ha expresado el perpetuo consentimiento de la Iglesia católicaa; es a saber, que en tanto se dice que somos justificados por la fe, en cuanto esta es principio de la salvación del hombre, fundamento y raíz de toda justificación, y sin la cual es imposible hacerse agradables a Dios, ni llegar a participar de la suerte de hijos suyos. En tanto también se dice que somos justificados gratuitamente, en cuanto ninguna de las cosas que preceden a la justificación, sea la fe, o sean las obras, merece la gracia de la justificación: porque si es gracia, ya no proviene de las obras: de otro modo, como dice el Apóstol, la gracia no sería gracia.
Y ahora cito el primer canon sobre la justificación de dicho concilio: 
Si alguno dijere, que el hombre se puede justificar para con Dios por sus propias obras, hechas o con solas las fuerzas de la naturaleza, o por la doctrina de la ley, sin la divina gracia adquirida por Jesucristo; sea excomulgado.
No hay justificación sin fe, sin gracia. No hay posibilidad de hacer buenas obras si Dios no nos mueve a ello. El aconfesionalismo es fruto directo del pelagianismoo semipelagianismo condenado no solo por ese concilio sino por otros anteriores y por el magisterio papal de muchos siglos.
Ni podemos caer en el error protestante que afirma que toda buena obra realizada antes de la justificación es pecado -herejía condenada en el canon VII de Trento- ni podemos caer en el error que saca a Dios de la ecuación “buena moral+buenas obras=hombre virtuoso y feliz".
Hemos llegado al extremo de pretender la existencia de un tipo de evangelización aconfesional, de “misioneros” aconfesionales, que se limitan a cuidar del cuerpo olvidando el alimento del alma. O promover virtudes humanas sin mencionar a Cristo, Salvador único de la Humanidad. Muchos de nuestros “misioneros” relmente no lo son, porque no cumplen la misión que recibde de Cristo: “Id y predicad el evangelio a toda criatura” (Mc 16,15); “Id y enseñad a todas las gentes el evangelio, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado” (Mt 28,18-19). 
Por miedo a caer en un proselitismo sectario y que no respeta la libertad y la cultura del evangelizado, nos dirigimos hacia el abismo de predicar y obrar un buenismo que no salva, pues de hecho ignora que solo hay un nombre bajo el cielo dado a los hombres en el que puedan ser salvos: Jesucristo (Hch 4,12).
Por respetos o temores humanos a no violentar el libre albedrío de los incrédulos se les roba el acceso a la verdadera libertad que solo viene de Cristo, de la gracia de Dios, de la obra del Espíritu Santo en el alma.
O nos libramos de esa peste, o seremos como la higuera seca que no da fruto y está presta a ser arrancada y arrojada al fuego.



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