domingo, 11 de enero de 2015

De la blasfemia al terrorismo: ¿un camino sin retorno?




http://observador.pt/opiniao/da-blasfemia-ao-terrorismo-um-caminho-sem-retorno/

Ningún insulto puede legitimar un crimen contra la libertad y los derechos humanos, por muy censurable que sea la blasfemia, desde el punto de vista ético, por su carácter esencialmente ofensivo.

Los atentados perpetrados esta semana, en París, contra Charlie Hebdo y no solamente, dejaron a Francia y al mundo entero en estado de choque. Con razón, porque todos los ciudadanos, cualquiera que sean sus creencias o su ideología política, son, más allá de los muertos que hay que lamentar, víctimas del terrorismo.

Sería abyecto justificar estos crímenes a causa de la situación económica o de la recurrente irreverencia de aquella publicación para con el profeta del Islam. Legitimar un homicidio es, en términos jurídicos y morales, ser su cómplice. Los crímenes no se justifican, ni se explican: se condenan. No se dialoga con la sinrazón de un atentado.

El primero de estos ataques terroristas fue un acto de represalia a supuestas blasfemias publicadas en las páginas de Charlie Hebdo. Por este motivo, hay quien prende, si no justificar los doce nefandos asesinatos, por lo menos atenuar la responsabilidad de los criminales que, en este sentido, habían actuado al abrigo de una legítima defensa de sus intereses religiosos y culturales. Nada más falso que esta suposición que, de algún modo, condesciende con el terrorismo. Una sociedad que, de alguna forma, comprende cualquier crimen contra la libertad y los derechos humanos es una sociedad rehén del miedo.

¿Pero, no es verdad que, en las páginas de ese semanario, fueron publicados textos y ‘cartoons’ poco favorables para los seguidores de Mahoma? Además, eran también muy críticas con otras religiones, especialmente la cristiana, cuyos fieles, por la misma razón, se podrían sentir igualmente ofendidos en su fe. Sí, es cierto, pero más vale la libertad de pensamiento y de expresión, que la censura o la represión. No se combate el abuso de la libertad con su supresión.

¿Quiere esto decir que la sociedad democrática es impotente en relación a las ofensas de naturaleza religiosa? En modo alguno, pero la respuesta no debe ser otra que la institucional, o sea, la que deriva del normal funcionamiento de las instituciones. Si alguien injuria a una persona, la víctima tiene derecho a recurrir a los tribunales, para defender su honra y su buen nombre. Todas las individualidades físicas y entidades morales tienen derecho a que su dignidad sea respetada públicamente.

Un “cartoom” alusivo a un líder religioso puede no ser ofensivo y, en general, es hasta un saludable ejercicio de humor. Pero también los hay que son, objetivamente, calumniosos. No compete al poder ejecutivo, ni a las comunidades religiosas determinar, en una sociedad plural y laica, lo que es o no ofensivo, porque esa es una atribución exclusiva del poder judicial. Si es puesta gratuitamente en tela de juicio la dignidad de las personas e instituciones, sean o no religiosas, cualquier ciudadano  o entidad tiene derecho fundamental a recurrir a la justicia.

Todos los temas religiosos pueden y deben ser discutidos en libertad y nadie debe ser obligado a profesar ningún credo. En ningún caso debe haber lugar para el delito de opinión, ni cualquier censura o límite a la libertad de pensamiento y de expresión.

Pero el ejercicio libre y responsable de la libertad de creer, o no creer, e incluso de criticar a quien cree, o no cree, no legitima la agresión gratuita, religiosa o ideológica. Todas las ideas son discutibles, aunque sen las más sagradas, pero todas las personas, salvo prueba en contrario, son respetables. Ahora bien, según el Diccionario de la Lengua Portuguesa Contemporánea, de la Academia de Ciencias de Lisboa, la blasfemia es ”un dicho considerado ofensivo, ultrajante en relación a la divinidad o la religión”, o un “dicho o comportamiento gravemente ofensivo para una persona o cosa digna de mucho respeto” (vol I, pág. 540).

Un acto terrorista no puede ser disculpado en modo alguno. No hay justificación para un crimen hediondo, que no puede ser instrumentalizado políticamente por quienes pretenden implantar políticas xenófobas y racistas. Ningún insulto puede legitimar un crimen contra la libertad o los derechos humanos, por muy censurable que sea la blasfemia, desde el punto de vista ético, por su carácter esencialmente ofensivo. No se vence el terrorismo con terrorismo de sentido contrario, sino con la defensa intransigente de la libertad, de acuerdo con los principios y practicas del Estado de derecho.

La blasfemia no es causa de rimen, ni su ocasión, sólo es un pretexto. Dese a todos los creyentes de todas las religiones, que entienden amenazada su libertad religiosa, la posibilidad de recurrir a las correspondientes garantías del Estado democrático. Pero no se consienta la pérdida de la libertad de pensamiento y de expresión, ni se consienta que los terroristas legitimen sus acciones en nombre de la religión. El crimen no admite ninguna justificación.



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