lunes, 8 de diciembre de 2014

La olvidada historia del párroco Bergoglio

El Papa conoce bien las necesidades de los sacerdotes diocesanos. No sólo porque fue arzobispo de Buenos Aires durante 15 años, sino también por su labor como párroco en la localidad de San Miguel, a las afueras de la capital argentina. Allí, en apenas seis años, fundó una parroquia y obtuvo los recursos para construir cuatro capillas más. Promocionó el mejoramiento de la comunidad con diversas obras sociales. Aquí el testimonio de un jesuita sobre una historia poco conocida en el pasado de Francisco.


El viernes último, en la homilía de su misa matutina celebrada en la Casa Santa Marta del Vaticano, el pontífice calificó como “un escándalo”que existan “listas de precios” en las parroquias, donde se apliquen tarifas establecidas por los sacramentos y los templos se conviertan en “casas de negocio”.
Se refería a la especulación con las cosas sagradas y las actitudes de apego al dinero, no sólo de parte de obispos y sacerdotes sino también entre los fieles administradores. Sus palabras abrieron igualmente un debate. Algunos presbíteros señalaron que, de no ser por los “tarifarios”, ellos llegarían a pasar hambre por la falta de recursos y por escasa generosidad de los feligreses. Los más extremistas refirieron un supuesto desconocimiento de Francisco de la vida parroquial, debido a su pertenencia a una congregación religiosa.
Pero Jorge Mario Bergoglio fue párroco. Algunos detalles los ofreció al Vatican Insider el jesuita argentino Humberto Yáñez, quien ingresó a la Compañía de Jesús mientras Francisco era provincial. Cuando dejó su cargo de superior, el hoy Papa fue nombrado como rector del Colegio Máximo. En ese tiempo ambos coincidieron en la institución de San Miguel.
“Trabajé en la misma capilla donde él celebraba la misa. Teníamos un trato cotidiano. Era la capilla San Francisco Javier en el barrio Manuelita, justo a un lado del Colegio”, contó.
Y agregó: “Él como rector fundó una parroquia que integraba esa capilla con otra pequeña capillita que había y luego construyó tres iglesias más. Después, cuando él dejó el rectorado, continuamos con la construcción de una cuarta. Así que le dio un impulso impresionante a ese barrio y a otros barrios alrededor. Eran barrios nuevos, que fueron surgiendo con la industrialización, con gente obrera que iba a trabajar a Buenos Aires”.
Yáñez se refería a la parroquia del Patriarca San José, que Bergoglio guió como párroco entre 1980 y 1986. Él mismo propuso al obispo local establecer el nuevo templo, que ocupó parte del territorio de la iglesia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, donde los jesuitas solían prestar servicios.
Autorizada la iniciativa, el Colegio donó el terreno y allí comenzó la construcción de un templo que, al momento de ser inaugurado el 19 de marzo de 1980, era apenas una obra negra. La circunscripción parroquial abarcaba tres barrios: La Manuelita, Constantini y Don Alfonso.
El rector se activó para lograr que la comunidad sea dotada no sólo de otras capillas, sino también de obras sociales. Creó la Casa del Niño, con un comedor para 200 infantes y una guardería para 50. La institución llegó a dar comida, asistencia médica e instrucción escolar a 400 niños cada día. A esta se sumaron una escuela nocturna para adultos y una escuela técnica.
Bergoglio dividió la parroquia en secciones y asignó la atención pastoral de cada una a los seminaristas. Los domingos esperaba desde temprano delante de la iglesia, saludaba a la gente antes que iniciase la misa.
Esta “revolución” positiva fue registrada por Virginia Carreño, periodista del diario argentino  El Litoral en un artículo de 1985 titulado “Los milagros del Padre Bergoglio”. Al reseñar la inauguración de dos de las capillas, escribió: “Las caritas de los chicos parecían de seda y los ojitos, estrellas. Las madres los cuidaban de los apretujones, orgullosas de sus blusas blancas, sus mantos celestes y sus moños prolijos. No parecía la misma gente enojada que hasta hacía muy poco recibía a los extraños con pedradas”.
Serafines susurran.- Que grandes polémicas abrió, en ciertas páginas web y blogs, la publicación -en este espacio- de una “versión alternativa” respecto del cambio de puesto del cardenal estadounidense Raymond Leo Burke. Todavía permanece -para algunos- como una “herida abierta” la decisión del Papa de transferirlo de su antiguo cargo de prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica al nuevo de Patrono de la Soberana Órden Militar de Malta.
Este movimiento ha suscitado las más varias (y disparatadas) interpretaciones. Se le ha querido presentar como la prueba de una supuesta “campaña de eliminación” emprendida por Francisco a todo la galaxia tradicionalista. Como el inicio de la “depuración” de todo lo vinculado con el anterior Papa, Benedicto XVI. Como la demostración que, en realidad, el pontífice aborrece la crítica y le corta la cabeza a todo aquel que lo contradiga.
Pero, en honor a la verdad, ninguno de estos postulados se sostiene, por exceso de debilidad argumentativa. Muchos elementos demuestran que el Papa no pretende eliminar a los tradicionalistas ni mucho menos. Un ejemplo es la realización, en el Vaticano y sin problemas de ningún tipo, de la más reciente peregrinación “Summorum Pontificum”, organizada hace exactamente un mes por fieles de sensibilidad tradicional. Durante la manifestación, las misas principales fueron celebradas por los cardenales George Pell, Walter Brandmüller y el propio Burke, que presidió en el altar mayor de la Basílica de San Pedro.
Es simbólico, porque esos tres cardenales se contaron entre los más críticos de la “línea aperturista” impulsada por el cardenal Walter Kasper durante la pasada asamblea del Sínodo de los Obispos sobre la familia. Sin embargo, pudieron no sólo acoger a los fieles tradicionalistas sino que pudieron escuchar, de muchos de ellos, los premurosos saludos que querían hacer llegar directamente al Papa después de los días turbulentos del Sínodo.”Nosotros estamos con Francisco, queremos que sepa que lo amamos”, dijeron muchos de los participantes, según me comentó uno de los organizadores de la peregrinación.
Esto me lleva a los otros argumentos débiles. Personajes como Pell o como el cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Gerhard Ludwig Müller, son conocidos por su cercanía con el Papa emérito Ratzinger. Y también se conocen algunas de sus críticas públicas a ciertos debates sobre el tema de la posibilidad de conferir la comunión a los divorciados y vueltos a casar, por ejemplo. Aún así, pese a opinar diversamente sobre muchas cuestiones, mantienen sus puestos de alto nivel en la estructura vaticana. Es más, el australiano Pell fue llamado a hacerse cargo de una de las reformas más delicadas de este pontificado: la económica.
Además de todo, apenas este lunes Francisco designó en un puesto clave a otro cardenal con una sensibilidad evidentemente distinta a la suya en materia litúrgica. Me refiero al purpurado africano George Sarah, originario de Guinea, quien fue nombrado prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Un conocido cultor de la tradición en cuanto a liturgia.
Dicho esto, los datos permanecen. Es decir: algunos curiales habían sugerido al Papa Francisco “pedir” el birrete cardenalicio al cardenal Burke. Una opción que Francisco ni siquiera consideró, porque resulta una propuesta inaceptable. Además no está ni en su ánimo, ni en su estilo. Es más, existen otros personajes que en el pasado le armaron guerras soterradas de mucho mayor gravedad pero que mantienen sus puestos, como el cardenal argentino Leonardo Sandri que sigue como prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales.
Otros curiales comentaron, en los pasillos vaticanos, que si Burke estaba tan mortificado por toda la situación podía buscar -por todos los medios- expresar su perplejidad al Papa y que, si no era escuchado, podía buscar otros caminos para sus manifestaciones. Porque, más allá de su voluntad última, lo cierto es que sus continuas entrevistas sobre temas delicados no han sino sembrado la duda y el temor en los fieles. Lo más grave es que esta duda se dirige, cual daga, contra la figura del pontífice. El mismo a quien, los cardenales, están obligados a servir como consejeros fieles, según su título y categoría. En ese sentido sostenían que lo más honesto hubiese sido que él mismo entregase el birrete colorado.
Esto para nada resulta un juicio moral sobre la persona del cardenal Burke, que algunos pretenden enfangar injusta y gratuitamente. “Es mucho mejor que tantos otros”, me comentó en estos días un viejo vaticanista. Y no lo dudo. Es más, estoy inclinado a creerlo. El problema no toca su calidad moral, ni tampoco las cosas que dice (la mayoría correctas y, en todo caso, legítimas). El problema está en la oportunidad de decir ciertas cosas. Y en el impacto que estas tienen sobre los fieles de a pie. Especialmente cuando se trata de la persona del Santo Padre. No por nada el mismo purpurado ha tenido que explicar, una y otra vez, que él no está contra el Papa y que no lo ha acusado -entre otras cosas- de procurarle grave daño a la Iglesia.

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