jueves, 13 de noviembre de 2014

Prepara tu alma del mismo modo a como quieres encontrar dispuesta la Iglesia


La Liturgia de las Horas es una de las más salutíferas fuentes de gracia a disposición de los fieles, especialmente de aquellos que han consagrado su vida a Dios mediante el sacramento de la ordenación o la vida religiosa. Aunque es obligatoria para estos últimos, es altamente recomendable para todos.

Entre sus muchas riquezas, cada día se nos ofrece algún texto patrístico o de santos. 
Cito parte de lo que se nos ha concedido leer en estos últimos días:
Por esto, nosotros, carísimos, si queremos celebrar con alegría la dedicación del templo, no debemos destruir en nosotros, con nuestras malas obras, el templo vivo de Dios. Lo diré de una manera inteligible para todos: debemos disponer nuestras almas del mismo modo como deseamos encontrar dispuesta la iglesia cuando venimos a ella.
¿Deseas encontrar limpia la basílica? Pues no ensucies tu alma con el pecado. Si deseas que la basílica esté bien iluminada, Dios desea también que tu alma no esté en tinieblas, sino que sea verdad lo que dice el Señor: que brille en nosotros la luz de las buenas obras y sea glorificado aquel que está en los cielos. Del mismo modo que tú entras en esta iglesia, así quiere Dios entrar en tu alma, como tiene prometido: Habitaré y caminaré con ellos.
San Cesáreo de Arlés
Qué consejo tan sabio para el bien de nuestras almas y para el de toda la Iglesia. Toda reforma de la misma empieza por nuestra propia conversión, por nuestro crecimiento en santidad. No pidas que la Iglesia sea santa, que lo es, si no estás dispuesto a dejar que el Señor tome el control de tu vida para limpiarte de todo pecado.Una limpieza que comienza por tu arrepentimiento y propósito de enmienda, al que sigue el perdón de Dios y la gracia suficiente para que el río de tus buenas intenciones desemboque en el océano del cumplimiento de la voluntad divina.
No uses tu cuerpo, templo del Espíritu Santo, para pecar. Usalo, por gracia, para llevar a cabo las buenas obras que Dios ha preparado de antemano para que andes en ellas (Efe 2,10).
Como también leímos el sábado:
La muerte de Cristo es, pues, como la transformación del universo. Es necesario, por tanto, que también tú te vayas transformando sin cesar: debes pasar de la corrupción a la incorrupción, de la muerte a la vida, de la mortalidad a la inmortalidad, de la turbación a la paz. No te perturbe, pues, el oír el nombre de muerte, antes bien, deléitate en los dones que te aporta este tránsito feliz.
¿Qué significa en realidad para ti la muerte sino la sepultura de los vicios y la resurrección de las virtudes? Por eso, dice la Escritura: Que mi muerte sea la de los justos, es decir, sea yo sepultado como ellos, para que desaparezcan mis culpas y sea revestido de la santidad de lo justos, es decir, de aquellos que llevan en su cuerpo y en su alma la muerte de Cristo.
San Ambrosio
¿Ves, estimado hermano? No digas que vives en Cristo si no mueres a tus pecados, a tus vicios, a una vida mundana. Clama al Señor para que obre en ti el milagro de una vida llena de virtudes y santidad. Si has sido adoptado por Dios como su hijo, compórtate como tal, pues Él te concede hacelo. 
Y sabed que:
Todos somos débiles, lo admito, pero el Señor ha puesto en nuestras manos los medios con que poder ayudar fácilmente, si queremos, esta debilidad.
Oye lo que voy a decirte. Si ya arde en ti el fuego del amor divino, por pequeño que éste sea, no lo saques fuera en seguida, no lo expongas al viento, mantén el fogón protegido para que no se enfríe y pierda el calor…
San Carlos Borromeo
Cuanto más débil seas, más obra la gracia de Dios en ti si en verdad tienes el alma dispuesta. Sé sabio y no dejes que queden sin fruto los talentos que el Señor te ha dado para salvación tuya y de quienes te rodean.
Y al mismo tiempo que cada uno de nosotros, por gracia, se deja santificar por Dios, todos juntos sepamos que el Señor no permitirá por mucho tiempo que los impíos, aquellos que quiere profanar sus santas enseñanzas, prosperen dentro de su pueblo. Ahora que vemos a muchos de nuestros hermanos derramar lágrimas y sangre por la persecución a que se ven sometidos, recordemos lo que el segundo libro de Macabeos cuenta antes del relato del martirio de Eleazar:
Recomiendo a todos aquellos a cuyas manos llegue este libro que no se dejen desconcertar por estos sucesos; piensen que aquellos castigos no pretendían exterminar nuestra raza, sino corregirla; pues es señal de gran bondad no dejar mucho tiempo a los impíos, sino darles en seguida el castigo. Porque el Señor soberano no ha determinado tratarnos como a los otros pueblos, que para castigarlos espera pacientemente a que lleguen al colmo de sus pecados; no nos condena cuando ya hemos llegado al límite de nuestros pecados. Por eso, no retira nunca de nosotros su misericordia, y, aunque corrige a su pueblo con desgracias, no lo abandona
2 Mac 6,12-16
Y si así concluyó su vida ese santo varón de Israel…:
«Bien sabe el Señor, que posee la santa sabiduría, que, pudiendo librarme de la muerte, aguanto en mi cuerpo los crueles dolores de la flagelación, y los sufro con gusto en mi alma por respeto a él.»

Así terminó su vida, dejando no sólo a los jóvenes, sino a toda la nación, un ejemplo memorable de heroísmo y de virtud.

(2 Mac 6, 30-31)
… ¿no habremos de vivir la nuestra soportando las dificultades que nos pueda acarrear el vivir piadosamente en Cristo Jesús, habiendo recibido el don del Espíritu Santo?

Santidad o muerte, hermanos.

Laus Deo Virginique Matri.

Luis Fernando Pérez Bustamante.




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