domingo, 23 de noviembre de 2014

Cristo Rey, venga a nosotros tu Reino

Me suena que todo esto lo tiene ya dicho en anteriores artículos.
–Así es. Éste de ahora resume tres (19-21) que escribí en 2009.
–«Aquí estamos en paz, hay tranquilidad y no pasa nada»Ateniéndose a ese juicio, los hombres «comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; pero en cuanto Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y acabó con todos. Lo mismo pasará el día en que se revele el Hijo del hombre» (Lc 17,28-30). Cuántos cristianos hoy, al menos entre aquellos que gozan de una relativa prosperidad y tienen una mentalidad liberal-mundana, son moderados a la hora de considerar los males del mundo, en el que de ningún modo aceptan vivir «como peregrinos y forasteros» (1Pe 2,11), y menos aún como combatientes. Son «hombres terrenales"; mientras que los cristianos somos «hombres celestiales» (1Cor 15,48).

Piensan que no hay que dar crédito a los profetas alarmistas, y que los males del mundo actual son, con un poco de paciencia, tolerables. Tranquilos todos. En esta actitud, no pierden su tranquilidad aunque continuamente los medios de comunicación les informen de que crece la criminalidad, la droga, el espiritismo y los cultos satánicos, la promiscuidad sexual, las enfermedades mentales, la violencia, la pobreza de los países pobres, la homosexualidad, la irreligiosidad, el ateísmo y el agnosticismo, el laicismo contrario a Dios en todo, política, leyes, educación, sanidad, etc. ¿Y con todo esto pueden seguir pensando que no estamos en guerra?… Tendremos que encender en esta oscuridad la luz del Evangelio.
Estamos ahora, en la historia humana, dentro de una batalla espiritual enorme.Y lo primero que ha de hacer el cristiano es enterarse de ello. Y obrar en consecuencia: «vigilad, pues, en todo tiempo y orad, para que podáis evitar todo esto que ha de venir, y comparecer ante el Hijo del hombre» (Lc 21,36; cf. 18,1).
Concilio Vaticano II: «toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas» (GS 13b). «A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final» (37b).
No puede el hombre mantenerse ajeno a esa batalla, en una neutralidad distante y pacifista«el que no está conmigo está contra mí» (Lc 11,23). Hay dos bloques mundiales enfrentados. De un lado, guiados y dominados por el diablo, están los que afirman: «no queremos que Él reine sobre nosotros» (Lc 19,14). Y del otro, guiados y animados por el mismo Cristo, los que quieren y procuran: «venga a nosotros tu Reino». Unos quieren «ser como dioses, conocedores del bien y del mal» (Gén 3,5) y creen, como dice el beato Pío IX, que «la razón humana, sin tener para nada en cuenta a Dios, es el único árbitro de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal; es ley de sí misma; y bastan sus fuerzas naturales para procurar el bien de los hombres y de los pueblos» (Syllabus 1864,3; cf. Vat. II, GS 36c). Los otros quieren regirse por la ley de Dios, expresada en la ley natural y revelada plenamente en Cristo: «hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo».
La meditación de las dos banderas, en los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, expone muy claramente la batalla permanente que hay en el mundo entre la luz de Dios y las tinieblas del diablo:
«El primer preámbulo es la historia: cómo Cristo llama y quiere a todos bajo su bandera, y Lucifer, al contrario, bajo la suya» (137): los dos campos que se enfrentan son Jerusalén y Babilonia (138). El tercer preámbulo es «pedir conocimiento de los engaños del mal caudillo y ayuda para guardarme de ellos, y conocimiento de la vida verdadera que muestra el sumo y verdadero capitán, y gracia para imitarle» (139). El jefe de los enemigos «hace llamamiento de innumerables demonios y los esparce a los unos en tal ciudad y a los otros en otra, y así por todo el mundo, no dejando provincias, lugares, estados ni personas algunas en particular» (141). Contra él y contra ellos, «el Señor de todo el mundo escoge tantas personas, apóstoles, discípulos, etc., y los envía por todo el mundo, esparciendo su sagrada doctrina por todo los estados y condiciones de personas» (145).
Elijan ustedes dónde se sitúancon quién combaten y contra quién luchan. No demoren su elección, sepan que es necesaria y urgente. No se dejen engañar ni por el diablo, ni por la flojera de la carne, ni por las solicitudes del mundo (comían, bebían, se casaban, plantaban, etc.), porque si no entran de lleno a combatir bajo la bandera de Cristo, lo quieran o no, rechazan al Salvador de la humanidad y se mantienen cautivos del Príncipe de este mundo.
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La batalla de la Iglesia es contra el diablo, «contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos» (Ef 6,12). Lo sabemos porque Cristo lo enseñó claramente en el Evangelio. Pero además Él nos enseñó también a discernir las señales de la presencia y de la acción del diablo, y la Iglesia sabe hacerlo.
Pablo VI: «podremos suponer su acción siniestra allí donde la negación de Dios se hace radical, sutil y absurda; donde la mentira se afirma, hipócrita y poderosa, contra la verdad evidente; donde el amor es eliminado por un egoísmo frío y cruel; donde el nombre de Cristo es impugnado con odio consciente y rebelde (1Cor 16,22; 12,3); donde el espíritu del Evangelio es mistificado y desmentido; donde se afirma la desesperación como última palabra» (15-11-1972).
Es evidente que, especialmente el Occidente apóstata, padece hoy un fuerte y extenso influjo del diablo. La constitución atea de los Estados modernos liberales y de los grandes Organismos internacionales, sean de izquierda o de derecha viene a ser la misma: «no queremos que Cristo reine sobre nosotros». Signos del influjo diabólico sobre el mundo son la depravación del pensamiento y de la cultura, el pudrimiento de los espectáculos y de los grandes medios de comunicación, la perversión estatal de la educación, el favorecimiento político de la fornicación juvenil, la normalización legal y financiada del aborto, de la homosexualidad, de la eutanasia, la generalización de una anticoncepción sistemática que acaba demográficamente con las naciones, la imposibilidad práctica de las fuerzas cristianas para unirse y actuar en el mundo secular, y tantos otros males. Todos esos signos y otros muchos son señales evidentes de la poderosa acción del Príncipe de este mundo.
Y son los Papas, con pocos más, los que denuncian esa acción del demonio en el mundo actual. Lo hacen demasiado solos. Es notable la superficialidad naturalista con la que tantos saviazos católicos –teólogos, historiadores, sociólogos, pastoralistas– describen las coordenadas del mundo moderno, sin tener, al parecer, ni idea de la acción del diablo, que en gran medida causa, explica y mantiene esa siniestra cultura vigente. Casi ninguno menciona al diablo, ni siquiera de paso. Pero no pueden darnos terapias sociales eficaces quienes parten de diagnósticos tan erróneos.
Gracias a Dios, los Papas, al menos, y algunos pocos con ellos, anuncian la verdad, la verdad de Dios, la verdad del mundo actual. El Estado moderno apóstata está mucho más sujeto al diablo, por ejemplo, que el Imperio pagano de Roma. Éste era solo un perro de mal genio, comparado con el tigre estatal de liberales, socialistas y comunistas. Al menos en la mayor parte del Occidente apóstata, el Estado es hoy la Bestia mundana, a la que «el Dragón [infernal] le dió su poder, su trono y un  poder muy grande» (Apoc 13,2). ¿Puede entenderse algo de lo que hoy pasa en el mundo si esto se ignora? ¿Los medios que ponen los cristianos activistas, con su mejor voluntad, son los más eficaces para neutralizar a este gran Leviatán diabólico? 
Juan Pablo II insiste en que el diablo quiere ante todo mantener oculta su acción en el mundo: las palabras de San Juan «“el mundo entero está bajo el Maligno” (1Jn 5,19) aluden a la presencia de Satanás en la historia de la humanidad, una presencia que se hace más fuerte a medida que el hombre y la sociedad se alejan de Dios. El influjo del espíritu maligno puede “ocultarse” de forma más profunda y eficaz: pasar inadvertido corresponde a sus “intereses”. La habilidad de Satanás en el mundo es la de inducir a los hombres a negar su existencia en nombre del racionalismo y de cualquier otro sistema de pensamiento que busca todas las escapatorias con tal de no admitir la obra del diablo» (13-8-1986).
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–«Mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo». Así rezamos cada día en la Misa. Están perdidos aquellos que viven «sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef 2,12). Por el contrario, Simeón era un anciano «justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel» (Lc 2,25), y también Nicodemo era un hombre de fe, que «esperaba el reino de Dios» (Mc 15,43). Ahora los cristianos, en la plenitud de los tiempos, vivimos «esperando la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo». Y ésa es la fe y la esperanza que nos identifican. La frase viene de San Pablo, cuando contrapone a los que «son enemigos de la cruz de Cristo, tienen por dios su propio vientre y  ponen su corazón en las cosas terrenas», con los cristianos, que somos «ciudadanos del cielo, de donde esperamos al Salvador y Señor Jesucristo» (Flp 3,19-21). Pero recordemos en primer lugar que hay muchas esperanzas falsas, y una sola verdadera.
1.–No tienen verdadera esperanza
aquéllos que diagnostican como leves los males graves del mundo y de la Iglesia. O es­tán ciegos o es que prefieren ignorar u ocultar la verdad.
Como les falla la esperanza, niegan la gravedad de los males, pues consideran irremediable el extra­vío del pueblo. Y así vienen a estimar más conveniente –más opti­mista– decir «vamos bien». Tampoco tienen esperanza verdadera aquellos que se atreven a anun­ciar «renova­ciones primaverales» y «renovaciones radicales» de esto y lo otro, que no van precedidas del reconocimiento de los pecados y de la conversión y penitencia que nos libra de ellos.
falsa es la esperanza de quienes la ponen en medios humanos, y reconociendo a su modo los males que sufrimos, pretenden vencerlos con nuevas fórmulas doctrinales, litúrgi­cas y disciplinares «más avanzadas que las de la Iglesia oficial».
Ellos se consideran a sí mismos como un «acelerador», y ven como un «freno» la tradición católica, los dogmas, la autoridad apostólica. Éstos una y otra vez intentan por medios humanos –méto­dos y consignas, organizaciones y campañas, una y otra vez cam­biadas y renovadas–, lo que sólo puede conseguirse por la fidelidad a la verdad y a los mandamientos de Dios y de su Iglesia. Sus empeños son vanos. Y por eso vienen a ser des-esperantes.
los que no esperan de verdad la victoria «próxima» de Cristo Rey, pactan con el mundo, haciéndose sus cómplices. Por ejemplo, no viven ciertamente esa esperanza de la Parusía inminente de Cristo aquellos políticos cristianos, que aunque aparentenoponerse a los enemigos de Cristo y de la Iglesia, en el fondo ceden ante ellos, y sometiéndose durante muchos decenios a la norma del mal menor, van llevando al pueblo, un pasito detrás de los enemigos del Reino, a los mayores males.
El Apocalipsis afirma muchas veces que la venida de Cristo «ha de suceder pronto»(1,1;2,16; 22,7). «Mira, vengo pronto y traigo mi recompensa conmigo, para pagar a cada uno según su trabajo» (2,12; cf. 3,12; 22,20).
quienes no creen en la fuerza de la gra­cia del Salvador, no llaman a conversión, porque no tienen esperanza. Y así aprueban, al menos con su silencio, lo que sea: que el pueblo se aleje habitualmente de la eucaristía, que profane normalmente el matrimonio, etc.
Ni piensan siquiera en llamar a conversión, porque estiman irremediables los males del mundo arraigados en el pueblo cristiano. «¿Cómo les vas a pedir que?»…. Al fallarles la esperanza en Dios, y la esperanza en la bondad potencial de los hombres asistidos por su gracia, ellos no piden, y por tanto, no dan el don de Dios a los hombres, a los casados, a los políticos, a los feligreses sencillos, a los cristianos dirigentes. No llaman a conversión, porque en el fondo no creen en su posibilidad: les falta la esperanza. Ven como irremediables los males del mundo y de la Iglesia. ¡Y son ellos los que tachan de pesimistas y carentes de espe­ranza a los únicos que, entre tantos de­sesperados y derrotistas, mantienen la esperanza verdadera!
2.–Tienen verdadera esperanza
los que reconocen los males del mundo y del pueblo descristianizado, los que se atreven a verlos y, más aún, a decirlos. Porque tienen esperanza en el poder del Salvador, por eso no dicen que el bien es imposible, y que es mejor no proponerlo; por eso no enseñan con sus palabras o silencios que lo malo es bueno; y tampoco aseguran, con toda afabilidad y simpatía, «vais bien» a los que en realidad «van mal».
los que tienen esperanza predi­can al pueblo con mucho ánimo el Evangelio de la conver­sión, para que todos pasen de la mentira a la verdad, de la soberbia intelectual a la humildad discipular, del culto al placer y a las riquezas al único culto litúrgico del Dios vivo y verdadero, de la arbitrariedad rebelde a la obediencia de la disciplina eclesial.
–los que creen con fe absoluta que «todos los pueblos, Señor, vendrán a postrarse en tu presencia». El «Salvador del mundo» salvará al mundo y a su Iglesia.¿Está viva de verdad esta esperanza en la mayoría de los cristianos de hoy? Son muchos los que dan por derrotada a la Iglesia en la historia del mundo. ¿Cuáles son las esperanzas que de verdad tienen  los cristianos sobre este mundo tan alejado de Dios, tan poderoso y cautivante, y qué esperanzas tienen sobre aquellas Iglesias que están profundamente mundanizadas?… Lo dan todo por perdido. Sin remedio.
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–Nuestras esperanzas no son otras que las promesas mismas de Dios en las Sagradas Escrituras. Desde el anuncio del arcángel Gabriel a la santísima Virgen María sabemos que a Jesús le será dado «un reino que no tendrá fin» (Lc 1,33). ¿Cómo Cristo no será efectivamente Rey de las naciones si «Él es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, pues en Él fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra… y todo fue creado por Él y para Él» (Col 1,1-16)?
 En el A.T. los autores inspirados nos aseguran una y otra vez que «todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor, y bendeci­rán tu Nombre» (Sal 85,9; cf. Tob 13,13; Sal 85,9; Is 60; Jer 16,19; Dan 7,27; Os 11,10-11; Sof 2,11; Zac 8,22-23; Mt 8,11; 12,21; Lc 13,29; Rm 15,12; etc.). El mismo Cristo nos anuncia y promete que «habrá un solo rebaño y un solo pastor» (Jn 10,16), y que, finalmente, resonará grandioso entre los pueblos el clamor litúrgico de la Iglesia: «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios, soberano de todo; justos y verdaderos tus designios, Rey de las naciones. ¿Quién no te respetará? ¿quién no dará gloria a tu Nombre, si sólo tú eres santo? Todas las naciones vendrán a postrarse en tu presencia» (Ap 15,3-4).
Siendo ésta la altísima esperanza de los cristianos, no tenemos ante el mundo ningún com­plejo de inferioridad, no nos asustan sus persecuciones, ni nos fascinan sus halagos, y tampoco nos atemo­rizan los zarpazos de la Bestia, azuzada y potenciada por el Diablo, que «sabe que le queda poco tiempo» (Ap 12,12). Sabemos con toda certeza los cristianos que al Príncipe de este mundo ha sido vencido por Cristo, que a Él se le ha dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Y por eso mismo no tenemos ni siquiera la tentación de esta­blecer complicidades oscuras con ese mundo de pecado que gime bajo el poder del Príncipe de este mundo..
–Una vez más son hoy principalmente los Papas los que mantienen vivas las esperanzas de la Iglesia. Son ellos los fue, fieles a su vocacion, «confortan en la fe a los hermanos» (Lc 22,32). Especialmente asistidos por Cristo, son fieles a la Revelación, a la fe y a la esperanza de la Tradición católica. Con muy pocos apoyos de los autores católicos actuales en estos temas.
San Pío X, de modo semejante, en su primera encíclica, declara que su voluntad más firme es «instaurar to­das las cosas en Cristo» (Ef 1,10). Es cierto que «“se amotinan las naciones” contra su Autor, “y que los pueblos planean un fracaso” (Sal 2,1), de modo que casi es común esta voz de los que luchan contra Dios: “apártate de nosotros” (Job 21,14). De aquí viene que esté extinguida totalmente en la mayoría la reverencia hacia el Dios eterno, y que no se haga caso alguno de la Divinidad en la vida pública y privada. Más aún, se procura con todo empeño y esfuerzo que la misma memoria y noción de Dios desaparezca totalmente. Quien reflexione sobre estas cosas, será ciertamente necesario que tema que esta perversidad de los ánimos sea un preludio y como comienzo de los males que se han de esperar para el último tiempo; o que “el Hijo de perdi­ción”, de quien habla el Apóstol, no esté ya en este mundo… “levantándose sobre todo lo que se llama Dios… y sentán­dose en el templo de Dios como si fuese Dios” (2Tes 2,3-4)».
«Sin embargo, ninguno que tenga la mente sana puede dudar del resultado de esta lucha de los mortales contra Dios… El mismo Dios nos lo dice en la Sagrada Escritura… “aplastará la cabeza de sus enemigos” (Sal 67,22), para que todos sepan “que Dios es el Rey del mundo” (46,8), y “aprendan los pueblos que no son más que hombres” (9,21). Todo esto lo creemos y esperamos con fe cierta» (enc. Supremi Aposto­latus Cathedra, 1903).
–Cristo vence, reina e impera. Cada día confesamos en la liturgia –quizá sin enterarnos de ello– que Cristo «vive y reina por los siglos de los siglos. Amén».No sabemos cuándo ni cómo será la victoria final del Reino de Cristo. Pero siendo nuestro Señor Jesucristo el Rey del universo, el Rey de todas las naciones; teniendo, pues, sobre la historia humana una Providencia omnipotente y misericordiosa, y habiéndosele dado en su ascensión «todo poder en el cielo y en la tierra», ¿podrá algún cre­yente, sin re­nunciar a su fe, tener alguna duda sobre la plena victoria final del Reino de Je­sucristo sobre el mundo?
Reafirmemos nuestra y nuestra esperanza. La secularización, eufemismo de la apostasía, la complicidad con el mundo, el horizontalismo inmanentista, la debilitación y, en fin, la falsificación del cristianismo proceden hoy del silenciamiento y olvido de la ParusíaSin la esperanza viva en la segunda Venida gloriosa de Cristo, los cristianos caen en la apostasía
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–La Parusía ha sido falsificada en una visión secularista, como puede apreciarse, por ejemplo, en Teilhard de Chardin. El padre Castellani asegura: «No hay una sola idea original en Telar Chardín, hay sólo una terminología nueva, bastante pedante: “la biósfera”, “la antropósfera”, “la noósfera”, “el Punto Omega” –que es el fin de la Evolución y es Dios– […] San Pablo en 1 Timoteo 4,1-2.7 [afirma que] “el Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe entregándose a espíritus engañadores y a doctrinas diabólicas… Rechaza las fábulas profanas y los cuentos de viejas» (Domingueras prédicas, 1966, dom. 17 post Pentec.).«Evidentemente hay una apostasía parcial o un comienzo de apostasía en todo el mundo» (ib. 1961, dom. 19 post Pentec.).Y sigue:
«Teilhard de Chardin sostiene que la Parusía o Retorno de Cristo no es sino el término de la evolución darwinística de la Humanidad que llegará a su perfección completa necesariamente en virtud de las leyes naturales; porque la Humanidad no es sino “el Cristo colectivo”… Pone una solución intrahistórica de la Historia; lo mismo que los impíos “progresistas”, como Condorcet, Augusto Compte y Kant; lo cual equivale a negar la intervención de Dios en la Historia» (El Apokalipsis de San Juan,ed. Paulinas 1963, cuad. III, exc. N). Pero nosotros, dejando a un lado acerca de la Parusía todas estas «fábulas y cuentos de viejas», recordemos el Credo de la Iglesia:
–Cristo resucitado «subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre. Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin». Es palabra angélica y evangélica: «este Jesús que os ha sido arrebatado al cielo vendrá de la misma manera que le habéis visto subir al cielo» (Hch 1,11).
El Catecismo de la Iglesia confiesa de la parusía (668-679) que Jesucristo, ya desde la Ascensión, «es el Señor del cosmos y de la historia… “Estamos ya en la última hora” (1Jn 2,18). El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable». Sin embargo, el Reino de Dios, presente ya en la Iglesia, no se ha consumado todavía con el advenimiento del Rey sobre la tierra, y sufre al presente los ataques del Misterio de iniquidad, que está en acción (2Tes 2,7). Pero ciertamente «el advenimiento de Cristo en la gloria es inminente. Este acontecimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento» (673).
La segunda venida de Cristo no se producirá por haber llegado la Iglesia en el mundo a un florecimiento universal. Todo lo contrario.
La segunda venida de Cristo, en gloria y poder, vendrá precedida por la conversión de Israel, según anuncia Cristo, y también San Pedro y San Pablo (Mt 23,39; Hch 3,19-21; Rm 11,11-36). Y vendrá también precedida de grandes tentaciones, tribulaciones y persecuciones (Mt 24,17-19; Mc 14,12-16; Lc 21,28-33). Muchos cristianos caerán en laapostasía. Enseña el Catecismo: «La Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de nume­rosos creyentes (cf. Lc 18,8; Mt 24,9-14). La persecución que acompaña a la peregrinación de la Iglesia sobre la tierra (cf. Lc 21,12; Jn 15,19-20) desvelará “el Misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que propor­cionará a los hombres una solución aparente a sus problemas, mediante el precio de la apostasía de la ver­dadLa impostura religiosa suprema es el Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo,colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2Tes 2,4-12; 1Tes 5,2-3; 2Jn 7; 1Jn 2,18.22)» (n.675). Ese enorme engaño tendrá «la  forma política de un mesianismo secularizado, “intrínsecamente perverso”» (676).
«El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (Ap 13,8), en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desen­cadenamiento del mal (Ap 20,7-10). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (Ap 20,12), después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (2Pe 3,12-13)» (677). 
   –Cristo, «mientras esperamos su venida gloriosa», reina actualmente en la historia. Vive y reina por los siglos de los siglos, y muestra su dominio, sujetando cuando quiere y del modo que quiere a la Bestia mundana, que recibe toda su fuerza y atractivo del Dragón infernal.
Ateniéndonos sobre todo al Apocalipsis, recordemos que estas victorias de Cristo en la historia
no son crueles y destructoras, sino plenas de gracia y mi­sericordia. Él no ha sido enviado a condenar, sino a salvar a los pecadores. Él ha sido enviado como luz del mundo, y la luz ilumina las tinieblas, no las destruye.
–son victo­rias siempre realizadas  por la afirmación de la verdad en el mundo, es decir, con «la espada que sale de su boca» (Ap 1,16; 2,16; 19,15.21; cf. 2Tes 2,8). Es así como vencen Cristo y su Iglesia.
–no son victorias obtenidas por un ejército de superhombres, que luchando como campeones poderosos, con grandes fuerzas y medios, se imponen y prevalecen, aplastando las fuerzas mundanas del mal. Es todo lo contrario: Cristo vence al mundo a través de fieles suyos débiles y pobres, que permanecen en la humildad (cf. 1Cor 1,27-29; 2Cor 12,10). Si Cristo vence al mundo muriendo en la cruz, ésa es tam­bién la victoria de sus apóstoles, la victoria de los dos Testigos, y la de todos los fieles cristianos (Ap 11,1-13). Así es como la Iglesia primera venció al mundo romano, igual que San Pablo: «muriendo cada día» (1Cor 15,31).
«las oraciones de los santos» son las que principalmente provocan las interven­ciones más poderosas del cielo sobre la tie­rra. Es la oración de todo el pueblo cristiano la que, eleván­dose a Dios por manos de sus ángeles, atrae sobre todos la justicia salvadora de nuestro Señor Jesucristo (Ap 5,8; 8,3-4).
en la historia del mundo, únicamente son fieles aquellos cristianos que son mártires, porque no aceptan que el sello de la Bestia mundana «imprima su marca en su mano derecha y en su frente» –en su acción y su pensamiento–. Precisamente porque «guardan los preceptos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús» (12,17), por eso son perseguidos y marginados del mundo, donde «no pueden comprar ni vender» (13,16).
–La Parusía, la segunda venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo, según nos ha sido revelado,
vendrá precedida de señales y avisosque justamente cuando se cumplan revelarán el sentido de lo anunciado. Por eso únicamente los más atentos a la Palabra divina y a la oración podrán sospechar la inminencia de la Parusía: «no hará nada el Señor sin revelar su plan a sus siervos, los profetas» (Am 3,7):
«habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y sobre la tierra perturbación de las naciones, aterradas por el bramido del mar y la agitación de las olas, exhalando los hombres sus almas por el terror y el ansia de lo que viene sobre la tierra, pues las columnas de los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con poder y majestad grandes» (Lc 21,25-27).
vendrá precedida del Anticristo, que producirá una inmensa difusión de errores, como nunca la Iglesia la había experimentado en su historia. Dice Castellani:
«El Anticristo reducirá a la Iglesia a su extrema tribulación, al mismo tiempo quefomentará una falsa IglesiaMatará a los Profetas y tendrá de su lado una manga de profetoides, de vaticinadores y cantores del progresismo y de la euforia de la salud del hombre por el hombre, hierofantes que proclamarán la plenitud de los tiempos y una felicidad nefanda. Perseguirá sobre todo la predicación y la interpretación delApokalypsis; y odiará con furor aun la mención de la Parusía. En su tiempo habráverdaderos monstruos que ocuparán cátedras y sedes, y pasarán por varones píos, religiosos y aun santos, porque el Hombre del Pecado tolerará y aprovechará un Cristianismo adulterado»  (El Apokalipsis de San Juan, cuad. III, visión 11).
será súbita y patente para toda la humanidad: «como el relámpago que sale del oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre… Entonces aparecerá el estandarte del Hijo del hombre en el cielo, y se lamentarán todas las tribus de la tierra [que vivían ajenas al Reino o contra él], y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con poder y majestad grande» (Mt 24,27-31).
será inesperada para la mayoría de los hombres, que «comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban» (Lc 17,28), y no esperaban para nada la venida de Cristo, sino que «disfrutando del mundo» tranquilamente, no advertían que «pasa la apariencia de este mundo» (1Cor 7,31). Pero vosotros «vigilad, porque no sabéis cuándo llegará vuestro Señor… Habéis de estar preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre» (Mt 24,42-44). «Vendrá el día del Señor como ladrón» (2Pe 3,10).
El siervo malvado, habiendo partido su señor de viaje, se dice: «mi amo tardará», y se entrega al ocio y al vicio. Pero «vendrá el amo de ese siervo el día que menos lo espera y a la hora que no sabe, y le hará azotar y le echará con los hipócritas; allí habrá llanto y crujir de dientes» (Mt 24,42-50). «Estad atentos, pues, no sea que se emboten vuestros corazones por el vicio, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, y de repente, venga sobre vosotros aquel día, como un lazo; porque vendrá sobre todos los moradores de la tierra. Velad, pues, en todo tiempo y orad, para que podáis evitar todo esto que ha de venir, y comparecer ante el Hijo del hombre» (Lc 21,34-35). Todos los cristianos hemos de vivir siempre como si la Parusía fuera a ocurrir mañana mismo o pasado mañana.
***
–«Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido». Y dijo el Señor entonces: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,1.5)… Entonces «las naciones [antes paganas] caminarán a su luz, y los re­yes de la tierra [antes hostiles] irán a llevarle su esplendor» (21,24). Así como el hombre muere, se corrompe, y gracias a Cristo resucita glorioso en alma y cuerpo, de modo semejante, todas las criaturas que, oprimidas por el pecado de la humanidad, gimen con dolores de parto, «serán liberadas de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloria de los hijos de Dios» (Rm 8,19-23). «Nosotros, pues, esperamos otros cielos nuevos y otra tierra nueva, donde habitará la justicia, según la promesa del Señor» (2Pe 3,13).
Vigilad, orad, mirad al cielo, esperando la Parusía del Señor«Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Col 3,1-2). El Santo Cura de Ars exhortaba: «consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto, nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro» (De una catequesis sobre la oración). Respice finem, decía el adagio romano.
Mirad siempre al fin de todo, y podréis poner en vuestra vida presente losmedios más verdaderos y útiles, más buenos y bellos, para llegar a ese fin. Cuanto más miréis al cielo, más lucidez y fuerza tendréis para transformar el mundo presente. Así lo ha demostrado la Iglesia en tantos pasos de su larga historia. Como también ha demostrado que cuanto menos piensan los cristianos en la Parusía y en el cielo, más torpes e imbéciles se hacen para influir en el mundo y mejorarlo. En cuanto cristianos, no valen en el mundo para nada. Son luz apagada, son sal desvirtuada, que solo sirve para que la pisen los hombres. Por el contrario, que a vosotros «el Dios de la esperanza os llene de plena alegría y paz en la fe, para que abundéis en la esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rm 15,13).
José María Iraburu, sacerdote
*Post post. ¿Hubieran podido los judíos salir de Egipto, y atravesar el desierto caminando cuarenta años, si casi nunca les hablara nadie de la Tierra Prometida? ¿Podrá el pueblo cristiano realizar su éxodo del mundo secular, como Dios manda, si no le hablan con frecuencia de la Parusía del Señor, de los cielos nuevos y la nueva tierra?…
Reforma o apostasía.
http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1411231010-292-cristo-rey-venga-a-nosotr#more27082


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