lunes, 24 de noviembre de 2014

Copiar en el examen final

Cuando era escolar, durante un tiempo coleccioné trampas. No me refiero a las trampas de las “películas de chinos”, con pinchos o serpientes en el fondo de un pozo, sino a las formas en las que mis compañeros hacían trampas en los exámenes. Me resultaban fascinantes las mil y una tácticas que utilizaban para copiar sin que los profesores se dieran cuenta. Todo el esfuerzo que no empleaban en estudiar lo aplicaban a diseñar los trucos más complicados para copiar las preguntas del examen.

Recopilé decenas de casos reales, de “chuletas” como se dice en España, con las respuestas para los exámenes copiadas, por ejemplo, en pequeños rollos para desenrollar discretamente, en cilindros que se introducían dentro de los bolígrafos o incluso escritas con un alfiler en el propio plástico del bolígrafo. Otros escribían trabajosamente las respuestas a todas las posibles preguntas en folios oficiales de examen sustraídos en alguna ocasión anterior y los sacaban durante el examen en algún descuido del profesor. Había docenas y docenas de métodos para copiar sin ser descubierto.
Las cosas no siempre terminaban bien para los interesados. Recuerdo una ocasiónen que todos los alumnos de una clase hicimos un examen extra de química para mejorar las notas obtenidas en el anterior, que había sido especialmente desastroso. Yo no tenía que entregar el examen, porque había sacado la máxima calificación en el anterior, pero como me repartieron las preguntas y no tenía nada que hacer, me puse a responder. Cuando se acabó el tiempo, observé atónito como un compañero, con una habilidad manual digna de un ilusionista, cambiaba rápidamente mis hojas por las suyas mientras se dirigía hacia la mesa del profesor, ponía rápidamente su nombre en mi examen y lo entregaba como si fuera suyo. A mí no me afectó, claro, porque yo no iba a presentar mi examen, pero lo que él no sabía es que a la mitad me había cansado de pensar las preguntas y había empezado a responder tonterías como “sulfato cósmico”. Las consecuencias, como es lógico, no fueron muy buenas.
¿Por qué me he acordado hoy de todo esto? Porque en el evangelio que se ha leído en la fiesta de Cristo Rey se ha hablado de un examen, el examen de verdad, el que cuenta, el final de los finales, en el que nos jugamos la vida eterna. Y lo más curioso es que no hace falta esforzarse en copiar en ese examen, porque el mismo “Profesor” nos dice con antelación cuáles van a ser las preguntas: ¿Has dado de comer al que tiene hambre? ¿Saciaste la sed de los sedientos? ¿Visitaste a los enfermos?
Esto también es parte de la Buena Noticia, del Evangelio que anunciaron los apóstoles: ¡Sabemos con antelación las preguntas del examen! La vida no es un azar ni da igual comportarse de una forma o de otra. Dios no es un tirano que juega con nosotros. Sabemos lo que quiere de nosotros y, con su gracia, es posible vivir así. Amar a Dios y al prójimo no es una carga que el Señor coloca sobre nuestros hombros, sino el camino para parecernos al mismo Hijo de Dios encarnado.
La Iglesia, por su parte, como la madre un hijo poco avispado, sabiendo que somos torpes para el bien, pone ante nosotros las obras de misericordia tradicionales, como una ayuda mnemotécnica por si nos cuesta recordar las preguntas del examen referentes al amor al prójimo. Hay catorce obras de misericordia, divididas en siete corporales y siete espirituales, que explicitan y desarrollan lo que dijo Cristo en la parábola de las ovejas y las cabras de forma que no nos quede ninguna duda. El amor al prójimo for dummies, como diríamos ahora.
Obras de misericordia corporales
1. Dar de comer al hambriento
2. Dar de beber al sediento
3. Dar posada al peregrino
4. Vestir al desnudo
5. Visitar al enfermo
6. Socorrer a los presos
7. Enterrar a los muertos
Obras de misericordia espirituales
1. Enseñar al que no sabe
2. Dar buen consejo al que lo necesita
3. Corregir al que yerra
4. Perdonar las ofensas
5. Consolar al triste
6. Sufrir con paciencia los defectos de los demás
7. Rogar a Dios por vivos y difuntos
Como es lógico, estas formulaciones admiten muchos matices y, en diversos momentos históricos, las modalidades concretas de una obra de misericordia pueden cambiar. Por ejemplo, algunas veces se habla de dar posada al necesitado, en lugar de al peregrino, ahora que no es frecuente ver a peregrinos mendigando el pan y un lugar donde dormir. En tiempos antiguos era frecuente hablar de “redimir al cautivo” en vez de “socorrer a los presos”, porque de hecho una de las mayores obras de misericordia era liberar a los cristianos cautivos en tierras del Islam y sometidos allí a la esclavitud o a remar en galeras, en condiciones espantosas. La orden de los mercedarios se fundó expresamente para practicar esta obra de misericordia.
En cualquier caso, las obras de misericordia tradicionales son una ayuda magnífica, para que tengamos siempre presente la voluntad de Dios y no suspendamos el examen más importante de nuestra vida. Por ello, creo que es conveniente que todos sepamos estas catorce obras de misericordia de memoria, como antes las sabían todos los niños que estudiaban el catecismo. No es tan difícil. Sólo son catorce. A pesar de habernos beneficiado de las más modernas teorías pedagógicas durante nuestra infancia, es probable que aún tengamos dos o tres neuronas en buen estado que nos permitan memorizar catorce sencillas obras de misericordia.
A mi juicio, pueden ser una ayuda valiosa en nuestros exámenes de conciencia, como pequeños “ensayos” del examen final. Todo el mundo tiene a su alrededor personas que consolar. Los enfermos y especialmente ancianos que visitar tampoco escasean. ¿Y quién no tiene familiares o compañeros cuyos defectos tenga que sufrir con paciencia? Cuando vamos sumando años, los difuntos por los que rezar también van aumentando. Todo el que viva en una ciudad tendrá alguna cárcel, hospital o asilo cerca, con su correspondiente capellanía necesitada de voluntarios. La ventaja de vivir en una sociedad postcristiana es que nunca nos faltarán personas que no conocen a Dios y que necesitan a alguien que enseñe al que no sabe.
Al atardecer de la vida, nos examinarán del amor, pero el examinador está deseando que aprobemos y no sólo nos ha dado las preguntas con antelación, sino que nos ha mostrado con su ejemplo cómo responderlas y nos ha dado su gracia para que seamos capaces de hacerlo. Las Iglesia, como buena pedagoga, nos ayuda con un resumen de lo más importante de la asignatura. Aprovechémoslo.

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