jueves, 4 de septiembre de 2014

De los asesinos del estado Islamico.

El «califato» de Abu Bakr Al Bagdadi no es el primer movimiento musulmán purista e intolerante.


Un asesino apuñala a Nizam al-Mulk en 1092, en el primero de los crímenes de la secta en una pintura de un manuscrito del s.XIV
A cuchillo, a plena luz del día, en público y con carácter ejemplar. Así mataban a sus víctimas la secta de los Asesinos en el siglo XI, tal y como ahora emulan los yihadistas del Estado Islámico con sus matanzas en Siria e Irak y sus ejecuciones a los periodistas estadounidenses Steven Sotloff y James Foley.


Para enfrentarse y finalmente derrotar al EI, «los responsables políticos podrían tener algo más en lo que apoyarse si recordasen que en el pasado ya ha habido movimientos musulmanes puristas e intolerantes», sostiene el historiador Hugh Thomas, quien en La Tercera de ABC publicada el pasado domingo insistía en que «debemos ver al ISIS (el Estado Islámico, en sus siglas en inglés) como parte de un patrón histórico».

Entre estos movimientos musulmanes radicales, Lord Thomas de Swynnerton recordaba la secta nizarí que en el siglo XI dirigió Hassan i Sabbah, el Viejo de la Montaña, desde la fortaleza de Alamut, a orillas del mar Caspio. Los «hachichines» o «hashishin», de los que procede el nombre de «asesinos», fueron los primeros terroristas de la historia, según Bernard Lewis (Los asesinos. Una secta islámica radical).

Marco Polo fue el primero en dar a conocer a Occidente esta temible secta que actuaba en Irán (Persia) y en lo que ahora es Irak y Siria («los mismos lugares donde ISIS no deja de matar despiadadamente a sus adversarios», apunta Hugh Thomas). El viajero veneciano, que debió pasar por su territorio hacia 1271 ó 1272, describió los magníficos jardines y el palacio del carismático señor de Alamut donde sólo podían pasar los que querían ser «hachichines». «Los introducían entonces en el jardín, de cuatro en cuatro, de seis en seis o de diez en diez, después de haberles hecho beber cierto brebaje que les causaba un profundo sueño; en este estado les hacía conducir dentro del jardin, donde al despertarse y verse en sitio tan florido y ameno, creían estar en el verdadero Paraíso. Damas y damiselas les esperaban para divertirse con ellos, con gran alegría de su corazón. De esta suerte, cuando el viejo quería asesinar a un príncipe, decía a uno cualquiera de estos muchachos: vete y mátalo y cuando vuelvas, mis ángeles te llevarán al cielo. Si mueres, no temas, porque aún así mis ángeles te traerán al paraíso», relató Marco Polo.

La promesa de volver al Paraíso que creían haber vislumbrado, unida al supuesto brebaje de hachís del que se servía Hasán y que les habría dado el nombre «hachichines» cegaba de tal modo a estos hombres que obedecían sin pestañear las órdenes de su líder.

De su devoción suicida dan fe algunos relatos, como el que describe cómo el Viejo de la Montaña ordena a un centinela que se arroje desde la terraza ante los ojos de su amigo Reis Abusafal y éste sin dudarlo, salta de los muros de Amalut, o la escena en la que Hassan i Sabahh obliga a dos de sus seguidores a suicidarse ante una delegación enemiga y dice: «Contadle a vuestro emir lo que habeis visto. Pero decidle además esto: Es verdad que tu ejército es muy superior al mío. Tiene treinta mil hombres. Pero le faltan dos soldados como estos».

El asesinato del visir Nizam el Mulk en 1092, que Amin Maalouf narra en «Samarcanda», fue el primero de los crímenes con el que sembraron el terror desde Líbano hasta la India. Líderes sunitas, emires y cruzados como el conde Raimundo II de Trípoli o Conrado de Monferrato, rey de Jerusalén, cayeron bajo sus dagas. «La orden de los Asesinos llegó a contar cincuenta castillos y supuso un imperio dentro del califato, hasta el punto de que socavó la autoridad legítima», según el escritor Luis Racionero.

Ni Saladino se libró del pavor que inspiraban. Aunque sobrevivió a dos asesinatos, se cuenta que bastó una nota amenazadora clavada en su almohada para que el sultán de Egipto y Siria cesara en su asedio al castillo de Masyaf.

El poder de la sociedad secreta de los Asesinos acabó con la llegada de los tártaros que destruyeron el castillo de Alamut y masacraron a unos 12.000 asesinos. Los mamelucos aniquilarían por completo a la secta derrotando a la rama siria de los Asesinos.

«El subyacente espíritu mesiánico y la violencia revolucionaria que los había impelido siguieron vivos y sus ideales han encontrado un buen número de imitadores. A éstos, los grandes cambios de nuestro tiempo les han proporcionado nuevas razones para el rechazo, nuevos anhelos de satisfacción y nuevas herramientas para la agresión», concluía Bernard Lewis en su libro sobre los Asesinos que fue reeditado en 2001, tras el 11-S. Muchos vieron entonces a Bin Laden como una reencarnación del Viejo de la Montaña y compararon a los Asesinos con la red Al Qaida. Ahora vuelve su recuerdo con las atrocidades del Estado Islámico que dirige Abu Bakr al Baghdadi, compitiendo con su matriz yihadista de la que se separó el pasado enero.



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