martes, 24 de junio de 2014

TRAS LAS HUELLAS DE DESCARTES III


El hombre moderno, del cual es Descartes una de sus expresiones, verá en América el campo ideal para situar sus fantasías. El descubrimiento de América es el fruto de la nueva conciencia. El nuevo europeo que había perdido la fe en el Viejo Mundo cristiano busca un lugar donde colocar sus nuevos ideales una vez que ya no existía un cielo donde colocarlos.
Como la violencia y el crimen se adueñaron de Europa, esa violencia de que fuera testigo el propio Descartes. Era necesario empezar otra historia, una historia sin contratiempos, sin obstáculos. Una historia limpia de compromisos. Una historia planeada y calculada desde el principio, en la cual cupiesen los sueños de todos los individuos, sus fantasías y proyectos. Sin embargo, este ideal no podía ser declarado abiertamente. Los viejos poderes tenían aún suficiente fuerza para estrangular cualquier proyecto que los amenazase directamente o al menos para dilatarlo. Por esto Descartes, consciente de lo peligrosa que es su filosofía para el Viejo Mundo, dice: "no sería en verdad sensato que un particular se propusiera reformar un Estado, cambiándolo todo, desde los cimientos, y derribándolo para enderezarlo". "Esos grandes cuerpos políticos —agrega—, es muy difícil levantarlos, una vez que han sido derribados, o aun sostenerlos en pie cuando se tambalean, y sus caídas son necesariamente duras". No, a este mundo habría que derribarlo de retache. Antes había que imaginar un mundo donde todos los sueños del nuevo hombre pudiesen ser realizados y, después, atacar la propia realidad. Así, lo que el europeo no podía realizar mediatamente en Europa, lo realizaría con la imaginación en América.
América se presentó así como el Nuevo Mundo por excelencia. El Nuevo Mundo al que aspiró el hombre renacentista, el hombre que quería volver a nacer en la historia. En América colocará el europeo todas sus utopías. La imaginación del nuevo hombre dibujó en América la imagen de lo que quería que fuese el futuro de Europa. En otras palabras, América no vino a ser otra cosa que la Europa soñada.[1]

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