miércoles, 30 de enero de 2013

La Mejor Terapia es el Amor de Dios

Este es un buen momento para descubrir que el tiempo de Dios también puede ser nuestro tiempo. Les dejo un testimonio que muestra que, no importa la duración de un matrimonio, Dios siempre debe estar ahí entre los esposos.




Tuve una dificultad muy grande y fue afrontar una separación de nueve meses con mi esposo con tan solo año y medio de casados.
No me esperaba en mi vida y en mi matrimonio tremenda tragedia; la infidelidad tocó las puertas de nuestro casa y envolvió a mi esposo de tal forma que se fue del hogar: decía ya no querer estar más conmigo, que lo nuestro se había acabado por el simple hecho que ya no sentía nada por mí, que estaba enamorado de otra mujer y lo abandonó todo por estar detrás de la persona que él creía en ese momento amar demasiado.
Mientras tanto, yo no hacía sino llorar desesperada, sin ver alguna salida, veía todo derrumbado que no había nada que hacer, que ya había perdido a mi esposo por completo porque él quería ser feliz con la otra persona y yo tenía que estar resignada a seguir adelante sola con mi hija, de unos meses de vida.
En medio de mis tristezas, del dolor, de la desolación encontré a Dios que fue mi única tabla de salvación para encontrar la paz, la fortaleza, la consolación y la esperanza que necesitaba. Con Su ayuda, pude afrontar la dificultad con serenidad y llenarme de confianza en que solo Dios me podría ayudar a resolver el problema y salvar mi matrimonio.
Y así fue con el tiempo y en el tiempo de Dios las cosas se fueron dando, diría que un proceso lento pero seguro pues me parecía eterno lo que está viviendo. Para vencer ese romance de mi esposo y de la mujer q se interpuso en mi hogar utilicé las armas como la oración, el rosario, la eucaristía diaria y el ayuno como al mismo tiempo implorando a Dios sanar mi corazón y perdonar. Nada fue imposible después de ver a mi esposo ilusionado y de seguir en serio su otra relación a pesar de que también estuviera sufriendo mucho. Tuve claridad que Dios no iba a permitir que mi esposo siguiera sumergido en el adulterio y que en algún momento lo iba a sacar.
Hoy en día gozamos de un feliz matrimonio gracias a mi Dios, Jesús y mamita María que se encargaron de moldear nuestra relación y de paso regalarnos un kit de bendiciones a nuestro hogar. Al final aprendí que uno nunca debe darse por vencido en las batallas porque Dios todo lo puede.

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