jueves, 13 de diciembre de 2012

Muchos casos de lesbianismo se pueden prevenir (2 de 4)


El amor de un papá es una de esas maravillas que está por convertirse en “especie en vía de extinción.” Los que critican el patriarcalismo y el machismo (que no son inventos, porque sí que se dan) corren el riesgo de engañarse o de engañar a otros haciendo creer que el amor masculino es siempre dominación, egoísmo, uso del otro. Precisamente lo hermoso de un papá, de un verdadero papá, es que ama sin aplastar y ama sin utilizar.
En su brillante opúsculo Contra Errores Graecorumz, Santo Tomás de Aquino se refiere al sentido de la palabra Padre. La clave está en la participación de una misma naturaleza: lo engendrado participa de la misma naturaleza y dignidad del que lo engendra. Al mismo tiempo, entre un padre y su hijo hay una distancia o discontinuidad que viene dada por el hecho de que el hijo no crece dentro del padre sino dentro de la madre. Aristóteles decía que las mamás quieren más a los hijos porque los han sentido como partes de sí mismas: una experiencia que la biología, en el ámbito de lo natural, no permite a los varones.
El amor paterno es entonces amor en una misma naturaleza pero con una discontinuidad ontológica. En el caso de la Trinidad esa discontinuidad es precisamente la Relación que hace que el Padre sea Padre y el Hijo, Hijo. En todos los demás casos, tal discontinuidad hace que el hijo (o hija) tenga que descubrir su propio ser y que no pueda tomar el amor del papá como único conducto para apoyarse en él. Además del amor del papá necesita de actos externos y palabras pronunciadas que le reaseguren lo que la discontinuidad óntica pone en entredicho. Esto precisamente hace irreemplazable a la figura paterna; no necesariamente al papá (biológico) pero sí a la figura paterna: la constitución de un yo que se siente amado-pero-distinto requiere de la dialéctica de un papá que ama pero que no ha gestado.
En este orden de ideas uno puede presentir lo que implica la falta del papá, no solo ni principalmente la falta física, sino sobre todo esa falta, ese hueco psicológico y emocional que se produce ante el fenómeno del papá “ausentista,” fugitivo, irrelevante, despreciable o agresivo. En todos estos casos severos, tanto los hijos como las hijas sufren. Una de las posibilidades deintento de mitigación de ese sufrimiento es el desarrollo de una personalidad homosexual. La cosa he visto que sucede en algunos hombres y en algunas mujeres, y en este caso quiero referirme a las mujeres.
Un buen papá sabe amar sin desear. Ello produce en la hija una sensación que es maravillosa y que da un piso de firmeza notable: “Hay alguien que me ama y no me desea.” No es el que deseo (sexual) sea en sí mismo malo, sino que por su misma naturaleza reclama reciprocidad. El amor sin deseo, en cambio, es clave en los años en que la niña está formando su idea del mundo, de las relaciones entre las personas, de su propio valor como mujer. En esos años de primera adolescencia el amor sin deseo es amor de gratuidad, por así decirlo, porque es un soporte que no requiere el esfuerzo de complacer el apetito de otro. Los millones de mujeres que han tenido esa experiencia deliciosa pueden testificar lo que eso significa, a saber, es la sensación de: “Soy valiosa; merezco ser amada; no tengo que comprar que me quieran.”
Una de las importantes consecuencias de este análisis es que nos hagamos todos conscientes de la terrible injusticia que se comete cuando el trato que se da a la persona homosexual queda basado en el desprecio. A lo largo de mis años de sacerdocio he encontrado un número considerable de lesbianas y lo primero que han expresado es una sensación de temor o resentimiento hacia la sociedad y la Iglesia. Sin entrar en largos juicios, mi opinión es esta: si uno conoce más sobre los orígenes del lesbianismo, y en particular, de la influencia que tiene esta cuestión paterna, puede realmente ayudar mucho a que la persona se salga del rótulo “lesbiana/bisexual” que se ha puesto en horas de angustia, no para que se odie sino para que vea lo que su propia historia tiene escondido debajo de ese rótulo.
Hablando con una lesbiana no hace mucho le hice este planteamiento que a ella le pareció justo. No digo que sea el caso de todas y cada una de estas personas, pero es un caso que vale, como vale cada persona humana. Yo le decía:
La agresividad de tu padre hizo que se rompiera en ti la posibilidad de asociar amor, alegría y fuerza. La fuerza quedó asociada con la violencia del macho, que se aprovecha de la hembra débil. Buscaste entonces un espacio diferente, el del cariño femenino, donde pudieras cultivar una relación vigorosa (ultra-posesiva, además) con alguien que te devolviera la alegría y el amor que tu infancia te negó.” Esta amiga me decía que eso corresponde exactamente a su caso.
Es muy importante evitar generalizaciones, pero sobre todo es muy importante descubrir que cuando una persona dice: “Es que yo soy así,” simplemente está asustada; teme que su mundo interior, ya tantas veces lastimado, vaya a ser profanado una vez más.

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