viernes, 16 de noviembre de 2012

Meditación sobre la genialidad de un santo, Benito de Nursia


He aquí lo que encuentra un católico en un día cualquiera en Europa, y particularmente en España: el cinismo de un gobierno socialista para el cual el cuerpo es objeto de uso; la avanzada imparable del secularismo, que compite con el renacer de la superchería y la superstición; la presión de los medios de comunicación, vendidos al hedonismo barato y al comercio sin alma; la traición visible de un número de miembros del clero y de los religiosos, unido a la escasez de vocaciones; el laicismo rampante que parece no saciarse en su ansia de extinguir la vida débil, haciendo así de esta tierra un escenario grotesco y cruel; el abandono masivo de la práctica de la fe en los jóvenes; la fractura de la familia, que hace todo más duro, más sordo, más aciago; la complicidad mediocre de la mayoría de los centros de estudio, que a menudo consagran como única fuente de verdad el materialismo cientificista. No es para quedarse tranquilo.
Si ese católico toma en serio su fe tiene que sentir indignación. Su tristeza se volverá lamento pero también deseo de combatir, de gastarse, de entrar en la refriega y dar la cara por Cristo y su Iglesia. Su beligerancia, sin embargo, será interpretada de inmediato por el sistema como “fundamentalismo,” “ingenuidad infantiloide,” “nostalgia de Cristiandad,” y decenas de epítetos de los que ya conocemos, y que empiezan por “carca.” En resumen, un católico hoy solo puede esperar dolor por dentro y rechazo silencioso y asfixiante por fuera. ¿Qué se hace ahí?
Las respuestas que yo he visto son estas:
  • Algunos se rinden. Se dejan resbalar y van cediendo aquí y allá, contemporizando en cosas de doctrina, de fe y de liturgia. Temen el rechazo, temen quedar aislados. Temen ser objeto de burla o ser atacados con argumentos a lso que no sabrían responder. Les molesta que el mundo sea como es; quizás quisieran vivir en otra época pero aceptan su destino, primero con resignación y luego encontrando las ventajas de la era moderna.
  • Otros se unen a un grupo cálido, un refugio emocional y de fe en que puedan sentir que sí se vale ser cristiano y que no es tonto ni irracional orar. Hacen algunos intentos de avanzada misionera, pero lo suyo es sobre todo mantener vivo y cohesionado el grupo en que están.
  • Otros toman la vía política: están seguros de que las cosas sólo cambiarán cuando cambien las reglas del juego. En España, por ejemplo, se sienten en el fondo traicionados o abandonados por el PP, y entonces intentan fundar movimientos o partidos que sean sanos doctrinalmente y claros en sus propuestas. Su esperanza es que una opción clara y sana puede alcanzar “masa crítica” un día no demasiado lejano, y entonces las reglas cambiarán, sobre todo en lo que tiene que ver con la defensa de la vida y la familia.
  • Otros se encastillan. Tal cual. Se refugian en su teología, que sienten perfecta, o en su liturgia, que sienten perenne y segura. Con la Suma Teológica en una mano y el Misal de Pío V en la otra aguardan con estoico semblante a que pase este “invierno espiritual,” que ya decía Karl Rahner. De vez en cuando asoman a las almenas, sólo por asegurarse que, allá en la distancia, las cosas siguen igual de perversas. Disparan, pues, un par de salvas, y vuelven a su baluarte.
La lista, por supuesto, es incompleta. No la critico demasiado: tengo yo mismo un poco de cada una de esas opciones. Mi punto en esta ocasión es que me parece ver en uno de los patronos de Europa, San Benito de Nursia, una profunda inspiración sobre un enfoque diferente. desde que nuestro Papa eligió el nombre de este santo para sí mismo, y como marca de su pontificado, he venido reflexionando sobre este asunto, y creo que ha llegado el tiempo de compartirlo.
Aquí hay que recordar tres cosas. Primera: qué significaba perfección de la vida cristiana antes de Benito. Segunda: en qué contexto se desenvuelve la vida del santo. Tercera: el manejo particular de la dimensión institucional en la versión de Benito.
1. Martirio o ascetismo eran las características de la vida cristiana perfecta, antes de Benito. Terminada en cierta manera la época de las grandes persecuciones, los monjes del desierto mantuvieron tensa la espera y alerta el alma por medio de las más extremas penitencias. Emulando a San Antonio, Abad, e incluso superándolo en más de un aspecto, los estilitas, dendritas y ermitaños de toda especie hicieron de la búsqueda de la santidad una especie de Olimpiada perpetua en que solo los gigantes tenían verdadera opción. Por contraste con ellos, la propuesta de san Benito es notoriamente ordinaria: apunta más a las personas “normales,” aunque no rebaja el ideal de amor y la preponderancia absoluta de Cristo.
2. Por supuesto, la mayor parte de lo que rodea a Benito y a sus monjes, es el mundo pagano. Estamos en las “réplicas” de ese colosal terremoto que fue la caída del Imperio Romano de Occidente. La envidia y la celotipia llegan a extremos inauditos dentro de la Iglesia misma, como se nota en el intento que hacen de envenenar a Benito. Su respuesta es serena. Se dedica a sembrar con paciencia y eficacia, sin prisa y sin pausa. Su mirada no se concentra e resultados inmediatos sino en la calidad de la semilla. Los siglos le darán la razón.
3. Es obvio que el mundo institucional, o sea, la vigencia del Derecho Romano mismo, yace en pedazos por tierra. La Regla de San Benito es un modelo de equilibrio, un remanso de sensatez y una oportunidad de crecer en términos humanos también: cultura, tecnología y arte no son ajenas al monasterio. A la larga, se volverá casi un tópico decir que el monasticismo salvó a Europa.
El notable ejemplo de Benito, su manera de construir, más que criticar, y su capacidad de mirar a larga distancia, son sin duda un mensaje también para nosotros. No es desde la angustia o la crispación como podremos dar los mejores testimonios ni encontrar las soluciones más acertadas.

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