lunes, 19 de noviembre de 2012

iglo I, Siglo XXI


Internet está lleno de metáforas que trasladan del mundo real al ciberespacio las referencias básicas de nuestro ser corpóreo. Hablamos de un “sitio” web, que tiene una “dirección” a la que uno llega como “internauta.” El programa que permite que estas palabras mismas aparezcan en la pantalla del ordenador suele llamársele “navegador,” ya se trate de Internet Explorer, Firefox, Safari, Opera o de algún otro.
Todo ese mar de información, en términos de textos, imágenes, sonidos, vídeos, me lleva al Mediterráneo y a los puertos en donde los navegantes de otras eras compartían o disputaban la mente y el corazón de sus coetáneos. Vayamos al siglo I y descubramos en la espesura de lenguas diferentes, cultos diversos, vestidos modestos o estrafalarios, el fragor de un mundo donde conviven y compiten toda clase de religiones y filosofías. Lo tradicional y lo novedoso, el ascetismo y el desenfreno, el rigor intelectual o la voluptuosidad descarada se dan cita sobre todo en los puertos. Y entre ellos, uno sobresale por su lugar estratégico y el increíble volumen de tráfico. Estamos hablando de Corinto.

Como predicador me cautiva la imagen de Pablo, “esclavo de Jesucristo,” arribando a ese puerto, famoso por sus mercados, sus prostitutas y la abundancia de cultos y religiones. Por lo visto todos quieren tener un lugar en Corinto y Pablo llega al calor agobiante y el griterío inmenso con la voz apagada y el cuerpo enfermo. Está convencido sin embargo de que ese es el lugar para proclamar el Evangelio de la gracia, la misericordia y el poder del Espíritu Santo.
Tal vez el mundo de hoy es Corinto. La “aldea global” hace que las ideas no tengan fronteras y es sobre todo Internet quien nos hace sentir vecinos de los que están muy lejos, o nos recuerda que estamos muy lejos de nuestros vecinos de calle o de ciudad.
Los que amamos el Evangelio de Jesús no podemos callar las otras voces. Esto es Corinto, mis hermanos, y junto al Papa que predica con sensatez está el cura progresista que se hace famoso burlándose de la autoridad eclesiástica. Esto es Corinto, y la perplejidad a veces da paso a la ira cuando uno ve que el bien queda relegado, que la verdad no importa, que la ley es un instrumento más de quienes llegan al poder, y el poder es como una tarta inmensa que se reparten a placer unos pocos.
No fue menos difícil para Pablo. Sus Cartas a los Corintios dejan ver un corazón lleno de amor y dolor, que por todos los medios quiere ser fiel a la gracia recibida, incluso cuando todas las voces gritan que es imposible, estéril y tonto decirse creyente de un Dios Crucificado.
Y por eso estamos aquí, quienes creemos que es verdad el amor revelado en la Cruz y la Pascua; aquí estamos porque tal vez el mundo es Corinto.

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