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domingo, 12 de agosto de 2012

Qué es realmente ofrecer algo a Dios


Autor: Fray Nelson Medina www.fraynelson.com

Si hay algo más impresionante que ver a una persona sufriendo es ver que ofrece su sufrimiento por el bien de otros. Es una escena que he tenido la gracia de ver más de una vez, especialmente en el contexto de los agonizantes. Precisamente allí donde todo se entrega, allí donde asoman las puertas altas y siniestras de la muerte, la generosidad brilla como piedra preciosísima. Estos, mis oídos, han oído cosas como: "¡Ofrezco este dolor por mi país, para que cese la violencia!" O también: "Acepta, Jesús, esta ofrenda de mi vida por las vocaciones sacerdotales."

El valor asombroso de personas como estas lo mueve a uno a reflexión en varios niveles. Está la parte existencial, es decir, ese cuestionamiento que uno termina haciéndose en torno a los propios valores, y en torno también a lo que pasa y lo que dura. Para mí por lo menos es inevitable sentirme torpe, cobarde y egoísta cuando descubro el tamaño del amor que circula por esas carnes maceradas por el peso de la enfermedad, los accidentes o la violencia de los hombres. Este es un nivel de cuestionamiento que se puede resumir en la pregunta: "¿Y yo qué?"

Pero hay otros niveles. Por ejemplo, cabe preguntarse por la dimensión psicológica del ofrecimiento: ¿Qué hay en la cabeza de una persona cuando enfrenta un dolor intenso y lo abraza, y lo ofrece? Aunque suene cruel o descreído preguntarlo: ¿Es un acto de resignación? ¿Es una forma de huir con decoro y tratar de hacer algo bueno de un momento malo? La razón de hacer estas preguntas no es la curiosidad. Es que me llama la atención por qué unas personas parece que pueden dar ese paso mientras que otros se cierran en una concha de amargura y simplemente maldicen su suerte o se concentran en recriminarle a Dios su injusticia.

¿Por qué sucede así? ¿Hay alguna forma de ayudar a que la persona que sufre bajo el impacto de un dolor descomunal encuentre un camino hacia una perspectiva de oblación y ofrecimiento, o eso sólo sucede si la persona ya era creyente y muy religiosa?
Otras preguntas posibles vienen de la teología misma. Al fin y al cabo el tema del sufrimiento es inevitable para la teología cristiana que predica que hemos sido salvados a través del sacrificio del la Cruz de Cristo. San Pablo habló del valor y sentido de su propio sufrimiento cuando dijo: "Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros, y en mi carne, completando lo que falta de las aflicciones de Cristo, hago mi parte por su cuerpo, que es la iglesia, de la cual fui hecho ministro conforme a la administración de Dios que me fue dada para beneficio vuestro, a fin de llevar a cabo la predicación de la palabra de Dios" (Colosenses 1,24-25).

En el Magisterio reciente de la Iglesia podemos mencionar la Carta Apostólica de Juan Pablo II, Salvifici Doloris (SD), del 11 de Febrero de 1984, "sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano." No es coincidencia que esta Carta del Papa empieza citando el versículo de san Pablo aquí mencionado. En mucho de lo que deseo decir aquí hago uso de ese documento pontificio.

Mi intención, en concreto, es hilvanar algunas reflexiones sobre un elemento peculiar de la respuesta creyente ante el sufrimiento, a saber, eso de "ofrecer" lo que uno vive.

El fundamento mismo está claro: se trata de un acto de amor que nos une con Cristo en su pasión. Las palabras citadas de la carta a los Colosenses testimonian el carácter excepcional de esta unión. En efecto, el que sufre en unión con Cristo -como en unión con Cristo soporta sus «tribulaciones» el apóstol Pablo- no sólo saca de Cristo aquella fuerza, de la que se ha hablado precedentemente, sino que «completa» con su sufrimiento lo que falta a los padecimientos de Cristo.

En este marco evangélico se pone de relieve, de modo particular, la verdad sobre el carácter creador del sufrimiento. El sufrimiento de Cristo ha creado el bien de la redención del mundo. Este bien es en sí mismo inagotable e infinito. Ningún hombre puede añadirle nada. [...] Cristo ha obrado la redención completamente y hasta el final; pero, al mismo tiempo, no la ha cerrado. En este sufrimiento redentor, a través del cual se ha obrado la redención del mundo, Cristo se ha abierto desde el comienzo, y constantemente se abre, a cada sufrimiento humano. [...] Con tal apertura a cada sufrimiento humano, Cristo ha obrado con su sufrimiento la redención del mundo. Al mismo tiempo, esta redención, aunque realizada plenamente con el sufrimiento de Cristo, vive y se desarrolla a su manera en la historia del hombre.

Vive y se desarrolla como cuerpo de Cristo, o sea la Iglesia, y en esta dimensión cada sufrimiento humano, en virtud de la unión en el amor con Cristo, completa el sufrimiento de Cristo. Lo completa como la Iglesia completa la obra redentora de Cristo. El misterio de la Iglesia -de aquel cuerpo que completa en sí también el cuerpo crucificado y resucitado de Cristo- indica contemporáneamente aquel espacio, en el que los sufrimientos humanos completan los de Cristo. (SD, 24)

El modelo propuesto por el Papa es muy hermoso y claro, y repito que yo mismo he tenido la gracia de verlo realizarse en personas concretas. Pero esa claridad no excluye algunos malos entendidos, que en algún momento pueden ser serios. La dificultad de fondo proviene en últimas de lo difícil que puede ser llegar a entender en qué consiste la cruz del cristiano.

Un ejemplo ayuda en este punto. Supongamos una señora que sufre el alcoholismo y la violencia de su esposo. Así como suena discutible, por decir lo menos, que ella diga que esa es "su cruz," así también parece que hay algo indebido en pensar que esa clase de sufrimiento puede ser "ofrecido," que en últimas significa unido a la pasión redentora y salvífica de Cristo.

Otro ejemplo: Antonio llama por teléfono a Claudia, a quien ama mucho y que hasta hace poco parecía corresponderle en su amor; pero la nota indiferente y distante y por eso abrevia la conversación y se despite con cortesía pero también con prontitud. Se queda entonces pensando en lo que ha sido su soledad y en cómo el rechazo de tantas mujeres ha sido una constante en su vida. Y entonces hace un ofrecimiento de ese dolor de su soledad por tantas personas enfermas y abandonadas en el mundo. Lo que él no sabe es que eso que a él le pareció desinterés era sencillamente debido a que Claudia había sido despedida de su trabajo ese mismo día, y ella, en parte acongojada y en parte estupefacta por los hechos, tenía su cabeza en otra parte. La pronta despedida de Antonio no había facilitado una comunicación más completa.

Lo que creo que puede aprenderse de ejemplos como estos es que el valor del "ofrecer" depende no sólo de la generosidad de la persona implicada. No es algo que esté sólo en la voluntad sino que tiene que ver también con la inteligencia.
Es interesante a este respecto lo que la Ley de Moisés prescribía con respecto a los sacrificios. Los animalitos destinados a la Pascua debían ser "sin defecto" (Exodo 12,15). Lo mismo se prescribe para otras ofrendas: Exodo 29,1; Levítico 1,3.10; y cerca de cuarenta textos más. La razon es obvia: el sacrificio que se hace para Dios no es un modo de deshacerse de animales que sería inútiles para uso normal en las necesidades de una familia o grupo humano. Pero lo que a mí me llama la atención es que en el acto de mirar si el animal tiene algún defecto es preciso estudiarlo, revisarlo, observarlo. Es decir: la ofrenda no viene de un acto espontáneo o apresurado, sino que tiene una fase de autocrítica en la que es preciso preguntarse: ¿qué es lo que le estoy entregando al Señor en realidad?

Los dolores o contrariedades pueden ser ofrecidos pero precisamente, en cuanto son sacrificios, reclaman nuestra atención, de modo que miremos qué estamos dando al Señor. Además de comprobar que algo nos duele, lo cual en el fondo no necesita comprobación, es preciso mirar cuál es la causa y las posibles soluciones de ese dolor. En el curso de ese examen juicioso descubriremos que quizás no hay motivo para la clase de dolor que teníamos, pues es un hecho que todo dolor tiene dos dimensiones, la del dolor en sí y la de la importancia que le doy. Por pensar en algo concreto: si Antonio examina mejor las cosas y sus propias reacciones de pronto descubre que en vez de sentirse adolorido porque "otra vez" una mujer lo ha despreciado, debería sentirse incluso esperanzado porque la coyuntura por la que pasa Claudia es una oportunidad para él estar presente. Al revisar ese corderito de dolor que iba a ofrecer en sacrificio Antonio podría y debería descubrir que es un cordero mentiroso, no es de verdad, y no merece por tanto ir al altar de los sacrificios. Ahí en realidad no había nada que ofrecer.

Hay en todo esto algo muy propio del amor cristiano: nosotros hemos de aprender a amar con los ojos abiertos. Cristo no quiso que lo narcotizaran con mirra cuando iba a ofrecer su dolor en la Cruz (Marcos 15,23) y en cambio sí aceptó probar el vinagre (Marcos 15,36). Nosotros amamos con los ojos abiertos, y esto significa también abiertos a la realidad de nuestras posibles mentiras, las que solemos repetirnos, como Antonio se repite que ninguna mujer podría quererlo.

En el terreno práctico: hay que hacer un esfuerzo sincero, aunque no descomunal ni obsesivo, por identificar nuestro dolor; qué sentimos que nos duele; si estamos siendo justos con los demás y en el modo como leemos sus palabras, gestos y acciones; el curso posible de solución y sanación de ese dolor. Sólo después de ese examen, realizado honestamente ante los ojos de Dios, podemos empezara descubrir qué es lo que él realmente quiere que ofrezcamos, y entonces nuestra ofrenda será no sólo generosa sino también llena de paz y de alegría también.

En esto como en tantas cosas nuestro modelo es la Santísima Virgen. Ella "meditaba todo en su corazón," nos dice san Lucas (2,19), indicando que en ese corazón había no solo fuego sino mucha luz de claridad y de verdad. Ella misma, sin embargo, está junto a la Cruz (Juan 19,25), allí donde toda explicación resulta insuficiente y toda luz parece eclipsarse. Entonces sabe también unirse y ofrecerse junto al Hijo Crucificado.

Algo así nos toca a nosotros: comprender hasta donde es posible; ser críticos con nosotros mismos y abiertos a entender a los demás, y al final, cuando asoma la cruz, abrazarla con la fuerza que Dios nos otorgue, para no perder su fruto precioso, que será siempre de resurrección.

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