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sábado, 18 de agosto de 2018

¿Qué es el mal?




Es una respuesta muy común que se nos da cuando expresamos nuestro desacuerdo con lo que alguien desea.

El problema del mal está en la raíz de la realidad. ¿Es que todo lo que no es bueno es malo? ¿Es que el mal es nada más que una ausencia del bien y no algo concreto?

Más aún, ¿Es que el hecho de que existan distintas teorías sobre donde se pueda situar  la línea que separa el bien del mal, eso significa que ella es maleable? ¿O es que no existe siquiera por sí solo, y es definida por cada  uno de nosotros de acuerdo con nuestras convicciones? ¿O es que el mal nos induce a que huyamos de la  evidencia de la diferencia,  absolutamente, de lo que es bueno y de lo que es malo?

Hay quien cree que el mal no existe porque sobrepasa a la razón. Piensan que como no lo podemos comprender, es algo que no tiene lugar en la realidad. ¡Como si nada pudiese existir sin que el entendimiento humano lo abarque!

Es difícil demostrar la existencia concreta del mal, porque seduce y promete cosas agradables. La mentira, una de sus principales armas, puede llegar a ser mucho más encantadora y envolvernos de de tal forma que muchas veces suspiramos por ella, aunque sea en verdad uno de los peores engaños. Solo pretende que dejemos de ser quienes somos, quienes podemos y debemos llegar a ser, a fin de no vaciarnos del bien que es la raíz y el alimento de nuestra autenticidad.

La maldad es siempre más fácil que la bondad.

¿Dónde está el mal? Los males no están en el fondo de un calle cualquiera. Están en nosotros, por lo que el combate que entablamos con ellos es interior. El mal pretende que nos volvamos estériles, que no creemos, que no hagamos nada, que nos dejemos llevar y nos volvamos dependientes.

El bien está por encima de nosotros, cree en nosotros, pero necesitamos mucho esfuerzo y sacrificio para alcanzarlo. El mal está abajo, nos espera, vence siempre que nos dejamos caer, siempre que desechamos nuestros sueños, nuestra misión… siempre que renunciamos a luchar por ser quien somos.

El tedio es una de las puestas del infierno íntimo.


https://www.facebook.com/jlnmartins

sábado, 11 de agosto de 2018

¡No eres el centro del mundo!


José Luís Nunes Martins


No te creas el centro del mundo. No lo eres. Busca más bien que puedes hacer por los demás, no busques lo que puedan hacer por ti. Cada persona es un fin en sí mismo, nadie es un medio, mucho menos de tu felicidad.

Cuando no somos humiles perdemos la noción de la realidad y, por lo tanto, de la verdad.

El orgullo es un enemigo fuerte y provoca una desgracia constante y creciente que exige ser alimentada, que esclaviza la libertad y ata la voluntad de todos cuantos se creen por encima de los demás. Somos diferentes, pero perder el tiempo evaluando quien es mejor o peor es, en verdad, señal de gran inseguridad y triste debilidad.

El egoísmo es contrario al amor. Amar es darse y los egoístas quieren todo, todo, para sí. No importa el sufrimiento que eso pueda suponer a los otros,  creen que merecen todo, todo.

Dirán algunos que el egoísmo es una forma de amor a sí mismo, llegan incluso a argumentar que es un requisito esencial a cualquier otra forma de amor. ¡Error! Amar es olvidarse de sí.

El miedo es lo opuesto a la felicidad. Nadie consigue vivir con alegría escondido detrás de sus propios brazos lejos de las adversidades. Ser feliz implica vencer los miedos y vencerse, abrir los brazos y aceptar nuestro lugar en el mundo. Nuestro tiempo y nuestro espacio. Lo que somos y lo que nos rodea.

¡No tengas miedo de ser feliz, ama! Por más que eso te haga sufrir, acepta con humildad el precio a pagar por llegar al cielo ya en esta vida y… en la otra, aquella en la que somos valorados   de acuerdo con el peso de los pedazos de corazón que hayamos sido capaces de dar.




sábado, 4 de agosto de 2018

¿Por qué razón nos pasamos la vida pidiendo?




José Luís Nunes Martins

¿Es que tan necesitados estamos? La verdad es que frente al mundo, a los otros e incluso ante nosotros mismos, pedimos, exigimos, imploramos, nos hacemos las víctimas de alguien que se habrá olvidado, de forma injusta, de nuestras carencias y parece desear nuestra desgracia.

Siempre necesitamos algo. Parece que siempre es solo la misma cosa concreta que nos separa de la paz. ¡Pero, después, nunca es así!

Agradecemos lo que se nos va concediendo,¡ pero solo si lo hubiéramos pedido!

Constantemente nos comparamos con los que creemos que están por encima de nosotros. ¿Por qué razón no tenemos nosotros lo mismo? Nos duele el vacío y la injusticia de estar privados de algo que sentimos como nuestro, pero que nos está siendo robado.

No es necesario compararnos con los que tienen menos que nosotros, sino aprender de ellos a lidiar con las adversidades y ser felices, a pesar de no tener mucho de lo que nosotros tenemos, a pesar de que nos olvidemos de compartir con ellos, a pesar de todo.
¿Y si, en vez de listas de pedidos, nos dedicásemos a admirar lo que tenemos, lo que nos es dado para vivir, sin que siquiera lo hayamos pedido? No es preciso agradecer, es suficiente con disfrutar de la bondad y de la belleza que nos rodean y de que estamos hechos.

La existencia de cada uno de nosotros siempre es dura, siempre es profunda. Al final de esta vida,  pocas frases serán suficientes para resumirla. Tratemos de escribirlas de forma digna y elevada, como un elogio a la libertad y no como una lista de reclamaciones.

La vida es tan generosa con nosotros y nosotros tan mezquinos con ella…

La felicidad se conquista dando, no recibiendo. No es una limosna, es una recompensa. ¡No depende de lo que tenemos, sino de lo que elegimos ser!




sábado, 28 de julio de 2018

La virtud que no se gana, solo se pierde



José Luís Nunes Martins


La honra es una virtud muy diferente porque no se tiene que conquistar, somos honrados de salida. Lo que se pide a cada uno de nosotros es que sea capaz de mantenerla intacta. Si es difícil no herirnos en nuestra propia honra, la verdad es que después de ser atacada es casi imposible recuperarla.

La honra no depende de lo que dicen o hacen los otros, sino que está ligada de forma íntima a lo que pensamos, decimos y, en especial, lo que hacemos. Nuestras elecciones la preservan o la destruyen.

Como la humildad y el recato son esenciales a alguien honrado, no es de esperar que los que lo rodean lo reconozcan y premien la virtud de su honra. Con todo, la simple voluntad de buscar la fama de ser virtuoso es ya, en sí, un serio golpe a la honra.

Nada puede tener más valor que el bien que hacemos sin espectadores. Además, cuando una virtud es recompensada, es razón para comenzar a dudar si será pura virtud.

La libertad es el más valioso y peligroso de todos los dones. Nuestra existencia nos convoca a decidir y a decidirnos. Somos libres y, por eso, debemos estar a la altura de las respuestas que nos serán exigidas a propósito de la razón de nuestras elecciones. Eso es responsabilidad.

Algunos, más conscientes del poder real de su libertad, llegan a creer que es preferible no haber sido condenados a tener que elegir su vida cada día, a tener que irse definiendo a cada momento. Otros, son tan irresponsables no  se dan cuenta del peso de las consecuencias que sus elecciones y decisiones tienen en los demás y en sí mismos.

Y la honra es tan fácil de destruir…

La nobleza de nuestra existencia depende solo de nosotros. No de las circunstancias ni de aquellos que nos rodean.

La buena suerte no es riqueza, ni pobreza es mala suerte. La mayor herencia que podemos recibir de alguien es su ejemplo vivo de rectitud. A pesar de todo lo que haya pasado.

Por mejor o peor que sea el contexto en que vivamos, jamás dejaremos de estar obligados a ser rectos.

http://www.agencia.ecclesia.pt/portal/a-virtude-que-nao-se-ganha-apenas-se-perde/

domingo, 22 de julio de 2018

El siempre está acechando


José Luís Nunes Martins


A la mayor parte de nosotros nos gusta exponernos. Bastan algunos momentos de simpatía para en seguida comience a revelar secretos que deberían continuar siéndolo. Esto acaba por ser una buena señal, una prueba de que confiamos unos en otros, a pesar de las inmensas desilusiones que ya hemos experimentado. Creemos siempre que esta vez va a ser diferente. ¿Pero es que es lo más inteligente?

Hay quien se expone de tal forma que parece haber perdido la noción de lo que no es posible compartir, a no ser a un nivel íntimo. Por un lado, se vacía, en el sentido de perder sustancia interior, por otro, casi que invita a los otros a violentarlo.

Hay una decencia exterior y otra decencia interior. La verdadera es la interior.

Es erróneo admitir que quien no hace nada mal no tiene nada que esconder. La verdad es que todos tenemos el deber de guardar para nosotros lo que no redunda en nada bueno y útil en la relación con desconocidos. ¿Por qué razón nuestras insignificancias deben ser anunciadas? ¿Son más importantes que las de los otros?

Somos exterior e interior. Nuestra apariencia es y será siempre solo eso mismo, una capa superficial con que nos presentamos y defendemos del mundo. Aquí, la trasparencia no siempre será una buena opción, pues los otros tienen el derecho de ser preservados de conocer lo que no les merece respeto.

¿Cómo llevamos nuestro interior? ¿Con nosotros mismos? ¿Con los más cercanos? ¿O a través de las interacciones con desconocidos?

Cuando abrimos nuestras puertas todas, es bueno tener conciencia de que al hacer de la casa de nuestra intimidad un espacio público, quedamos sin ella como lugar protegido y de descanso.

¡Casi todas las burlas se asientan en el simple abuso de la confianza!

El fondo del corazón, nuestros sueños y pesadillas, deben ser como un jardín secreto, un pilar de nuestra identidad, que, de tan importante, se debe mantener así mismo, lejos de la mirada y del conocimiento públicos.

Hoy es fácil acceder a los documentos digitales de cualquier persona, a todos los registros guardados en su ordenador, a su teléfono y a los sitios por donde anda, digitales y físicos. A todas sus conversaciones, incluso de aquellas que ni él mismo recuerda. Hoy, como nunca antes, hay millares de registros de casi todo lo que hacemos. ¡Hasta es posible que los teléfonos estén siempre escuchando lo que ocurre a nuestro lado! Pero la mayor parte de nosotros sigue pensando que nada tiene que ocultar, por lo que no tiene que preocuparse. Debía ser así, pero no lo es.

Todos tenemos el deber de reserva y recato. La modestia y el pudor son armas de defensa, muros que nos preservan de enemistades. El mal acecha a cada minuto.

Llamar la atención sobre sí, fomentando familiaridad con desconocidos, es algo temerario. No es coraje, es falta elemental de buen sentido.

Es importante que definamos la línea clara que debe separar lo que, en nosotros, es superficial y puede ser público, de lo que debe ser conservado intacto, por ser parte de nuestro tesoro más íntimo.

La pureza es inocente, no aprende el mal, sino que sabe resistirlo, si estuviera atenta y fuera prudente, evitando flaquezas y descuidos.

Contra el mal, el silencio es una excelente arma.


http://www.agencia.ecclesia.pt/portal/o-mal-espreita-a-cada-minuto/



sábado, 14 de julio de 2018

El valor de la buena educación


José Luís Nunes Martins
La educación va mucho más allá de lo que se puede y debe aprender en la escuela. En casa, la educación no se resume al acompañamiento del trabajo escolar. A las familias se les pide que eduquen a través del ejemplo, que se debe resumir a la forma con que se entregan a su empleo.

La educación, en su sentido más noble y verdadero, no tiene relación alguna con tener o no un curso superior. Sino conocer los valores, ser bien educado y ser valioso.
El problema hoy pasa por  una sociedad en la que las personas dedican casi todo su tiempo y sus fuerzas en trabajar, para conseguir el dinero que necesitan para vivir de aquella manera  que creen que es una buena vida.

¿Pero es que el consumismo, que cada día nos seduce, no exige que nos convenzamos de que necesitamos más de lo que es, en verdad, suficiente? ¡Hay mucha gente que incluso sería más feliz si tuviese menos!
Hay un límite mínimo de rendimiento por debajo del cual la vida pierde su dignidad. Pero por encima de él, la infelicidad depende más de las elecciones que del dinero disponible.

¿Es que los niños que pasan los días viendo a sus padres dedicar todo a la profesión, como si eso fuese lo más importante, aprenderán a ser felices? Al final, ¿Qué es más importante? ¿El trabajo o la familia? ¿La escuela o la familia?
¡Hay incluso quien llega, cegado en su papel, a culpar a la escuela por la mala educación de sus hijos!

¿Es que los adultos que renuncian a educar, creyendo que eso es una obligación de las escuelas, creen que la felicidad de los hijos solo depende del rendimiento escolar?

Nuestra sociedad no es justa, en la medida en que ni siquiera premia a los que son mejores. ¿Por qué razón continuamos creyendo que sí? ¿Y enseñamos a nuestros hijos que sí?
¿Cuántos de nosotros creemos que el desempleo es un justo pantano para inútiles?  Amenazamos a nuestros hijos con la enorme desgracia que supone que los demás nos desprecien… ¡Como si las multitudes no estuviesen casi siempre equivocadas! ¡Llegamos incluso a creer que nuestros hijos nos valoran en función del trabajo y el salario del que somos capaces!

La educación que más importa no es la formación cultural, es la buena educación. ¿De qué sirve tener un curso universitario para ser sencillo y puro? De nada. Hay analfabetos que son héroes y doctorados que nos villanos. ¡La sabiduría consiste, muchas veces, en librarse de las cosas que no tienen significado ninguno!
A los padres corresponde cuidar y educar mediante las normas, los ejemplos, el tiempo y la atención que dedican a sus hijos. El trabajo debe ser un medio y nunca un fin, así como la escuela, tiene su lugar, pero no es esencial. La verdadera alegría viene de dentro, no nos llega a través de un recibo de vencimiento ni por medio de una clasificación final.

El mayor problema de los jóvenes de hoy parece ser su insaciable consumismo, que los aleja de la paz y los esclaviza hasta el límite. ¿Pero es que la responsabilidad  solo de ellos?
La educación es lo que queda después de que las adversidades del mundo nos hayan obligado a desechar nuestras superficialidades.

domingo, 8 de julio de 2018

Nuestros enemigos nos ayudan


José Luís Nunes Martins 


Somos optimistas y pasamos mucho tiempo preparándonos para futuros en que todo sucederá de acuerdo a nuestros sueños. La verdad es que casi nunca la vida transcurre conforme deseamos, pero, por cualquier extraña razón a la inteligencia, no nos preparamos para las fatalidades más que probables.

Como no nos anticipamos, no pensamos bien las adversidades. Cuando suceden cosas malas, improvisamos. Muchas veces da resultado, otras, acaba por ser una tragedia que sigue a otra… Siempre es más fácil escoger y hacer lo mejor, basta que invirtamos algún tiempo y voluntad inteligente para prepararnos.

Hay quien provoca una desgracia, y sólo le responde con las lágrimas de una incredulidad infantil. Cree que la culpa de todo lo peor es de los otros. ¡Y, con su llanto, espera que el mundo se apresure a corregir lo que  hizo!

Hay un tiempo para llorar. Pero no es aquel que sigue a la tragedia. Ese es el de concentrarnos y de responderle con acciones concretas. Después, cuando ya hay poco que hacer, entonces sí, lloremos.

Nuestras lágrimas son muy importantes, pero no pueden nunca impedir que nos defendamos a nosotros y a los nuestros.

Sí, a veces (¡muchas!) es tiempo de hacer lo que nunca hemos planeado… pero que es lo más correcto hacer frente a las circunstancias. Debemos hacer lo que no queremos, con el fin de preservarnos de lo peor que pueda suceder si no hacemos nada.

Cuando nos cruzamos de brazos nos aliamos con el mal que nos quiere destruir.

Una de las características más extrañas que poseemos es la de, con tiempo, habituarnos a todo, incluso a lo peor.

Las contrariedades nos fortalecen, obligándonos a ejercitar y pulir nuestros dones. En este sentido, nuestros enemigos nos ayudan. Pero solo si estuviéramos dispuestos a hacer de nosotros mismos guerreros del bien, y de nuestra vida una lucha por el paraíso.

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